Preocupantes expresiones de violencia
Cuando aún está fresco en la población el asesinato de un hombre cometido por una horda luego de un espectáculo deportivo, y se sigue discutiendo sobre cómo erradicar la violencia en el fútbol, otro hecho luctuoso vuelve a sacudirnos: la agresividad y la violencia descontrolada cobraron nuevas víctimas, esta vez en uno de esos megabailes que se han puesto de moda y que suelen ser ocasiones propicias para que se desencadene la espiral violentista.
Desde la aparición de los primeros homínidos hasta nuestros días, la civilización ha logrado avances significativos en varios ámbitos pero se ha mostrado incapaz de erradicar la violencia. El recurso de la guerra sigue siendo tan frecuente como hace un siglo, y los organismos internacionales se muestran impotentes para detener a las potencias que se embarcan en aventuras bélicas.
Pero en otro nivel, a otra escala más doméstica que la de los conflictos entre naciones, también es posible advertir un incremento de los recursos violentos. Algo que ya se ha transformado en un lugar común es denunciar el aumento de la violencia delictiva: aumento de los delitos pero también de las formas más violentas; copamientos, arrebatos, asaltos a choferes de taxis o de ómnibus, etcétera, configuran un panorama alarmante que genera ese sentimiento de inseguridad entre la población.
Más allá de que la violencia sea un componente de la condición humana, algo que Freud estableció hace más de un siglo y que parece bastante obvio, en el mundo actual se dan ciertas condiciones objetivas que promueven las conductas violentas. Es ese sentido se han pronunciado especialistas que coinciden en señalar que las penurias económicas, el desempleo, la inseguridad, la falta de horizontes, generan la percepción de sinsentido propicia para que afloren comportamientos agresivos. Entonces, cualquier oportunidad es apropiada para descargar toda la frustración de forma irreflexiva e irracional.
Si partimos de la base de que los impulsos violentos integran el alma humana, es fundamental hallar y promover las formas de canalizar ese sentimiento, de manera que no aflore imprevistamente bajo el efecto de una circunstancia fortuita.
Son éstas, consideraciones que la dirigencia política debe tomar muy seriamente en cuenta. La escasa participación política que se viene dando desde hace ya un buen tiempo es uno de los elementos que hay que estudiar a fondo. La credibilidad del sistema político opera como factor atractivo para canalizar adecuadamente los anhelos y frustraciones, las expectativas y desencuentros de los ciudadanos.
Pero ocurre que actualmente esa credibilidad ha venido devaluándose desde hace unos años (tema del que nos hemos ocupado más de una vez), y los jóvenes no se sienten estimulados a participar en la vida política. Si a ello sumamos la desestructuración de la sociedad, que a lo largo de los últimos decenios ha sufrido una fractura profunda, tendremos un panorama que explica la falta de valores y el recurso a comportamientos antisociales.
Merced a una política económica nefasta, la sociedad quedó prácticamente dividida entre quienes tienen algún acceso al consumo y mantienen ciertos parámetros y valores, y aquellos que son producto de varias generaciones de exclusión y que han perdido no sólo las condiciones materiales mínimas para una vida digna sino que, como consecuencia de ello, han sido despojados de valores fundamentales que permiten la convivencia normal de una colectividad. *
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