¿Hacia la solución del conflicto?

La bola de nieve parece empezar a derretirse.

Después de meses de controversias, de encontronazos, de diálogo de sordos, de idas y venidas, de marchas y contramarchas, de malentendidos, de bravuconadas e intransigencias, la luz de esperanza encendida el sábado 11 de marzo en Santiago de Chile –cuando los presidentes Vázquez y Kirchner anunciaron su propósito de llegar a un entendimiento– adquiere mayor brillo y alumbra el camino que puede conducirnos al fin del conflicto.

Un conflicto con muchas aristas oscuras y abonado artificialmente por una postura intransigente y prepotente de parte de las autoridades provinciales de Entre Ríos. A ello también contribuyó, de alguna manera, la actitud pasiva y excesivamente tolerante del gobierno federal; una pasividad que se tornó en permisividad y devino una suerte de luz verde a la prepotencia piquetera.

¿Cuál fue la respuesta uruguaya a la hostilidad de allende el río?

Creemos que fue la única posible: una actitud amistosa, pacífica, dialoguista pero firme en cuanto a exigir ciertas condiciones para emprender la negociación.

A fines de febrero, el presidente argentino había lanzado un llamamiento –en tono coloquial cuasi fraternal– implorando un «gesto» del gobierno uruguayo y exhibiendo una inocultable voluntad de destrabar la situación; el «gesto» a que se refería Kirchner se resumía en la suspensión, al menos por 90 días, de las obras de construcción de las plantas de celulosa. El gobierno uruguayo respondió –también en tono afectuoso– saludando la actitud de Kirchner y pidiendo, a su vez, el levantamiento de los cortes de rutas y el bloqueo al tránsito sobre los puentes internacionales.

Fue esta la primera señal clara que se enviaba desde el gobierno argentino. Luego se produjo el ya comentado encuentro en Santiago en el que se anunciaron las condiciones previas a la instalación de la mesa de negociaciones, condiciones que reflejaban las expectativas de cada uno de los gobiernos: levantamiento de los piquetes argentinos y suspensión de las obras en Fray Bentos. Curiosamente, la oposición política uruguaya –salvo raras excepciones de sensatez– acusó agriamente al presidente Vázquez (y de paso al canciller Gargano) de «flojera», de ceder a las presiones de los violentistas, de entregar soberanía y otras perlas por el estilo. En definitiva, se argumentaba que no podía transarse sobre la base de trocar un hecho legal y legítimo (la construcción de las plantas) y uno manifiestamente contrario a derecho (el bloqueo de los puentes).

Dijimos desde estas páginas que toda transacción implica que ambas partes en pugna procedan a realizar concesiones recíprocas. Es la única manera de establecer un diálogo que pueda conducir a un acuerdo. No lo vieron así la mayoría nacionalista ni el Coloradismo, que no vacilaron en calificar al gobierno con los peores epítetos al tiempo que exigían una postura intransigente a ultranza, como si el país estuviera en condiciones de asumir una posición de fuerza y lo correcto fuera entrar en una espiral de violencia de la cual resultaría difícil salir.

La semana pasada se levantaron los bloqueos que llevaban a cabo los ambientalistas. Se levantaron todos y sin excepciones pues quedó sin efecto la pretensión de impedir el paso de camiones que transportaran insumos para las obras de instalación de las fábricas.

El primer paso para destrabar la situación lo había dado, así, el gobierno argentino. ¿Qué otra respuesta debía dar Uruguay como no ser el anuncio de la buena disposición de las empresas para suspender las obras de construcción de las plantas?

Desde luego que el gobierno uruguayo no tiene potestades para ordenar la suspensión de dichas obras, pero se imponía el «gesto» de Botnia como forma de habilitar el comienzo de la negociación.

El rumbo es auspicioso. *

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