Reflexiones sobre educación
En reiteradas oportunidades nos hemos ocupado, desde estas páginas, de la realidad de nuestra educación, de sus carencias materiales, de los desafíos que enfrenta, de las metas que debe proponerse y de los medios y herramientas idóneos para alcanzar esos objetivos.
En su editorial central de ayer, el colega El País aborda el asunto bajo el título «Reflexiones sobre educación» y expone la tesis –perfectamente compartible– de acuerdo a la cual la educación cumple con un propósito determinado, esto es, educar para algo. Sostiene, con toda sensatez, que la educación «no debe ser considerada sólo como un instrumento para insertar al individuo en el mercado laboral sino como una herramienta para toda la vida, incluso para los ratos de ocio, para cuando el tecnócrata deja su computadora y vuelve a ser un individuo concreto que se busca a sí mismo».
Propone que se inculquen valores, que se imprima en los niños y jóvenes el amor a la patria, a la familia y al prójimo; solidaridad, espíritu de sacrificio, tolerancia; defensa de la libertad y de la tolerancia y rechazo de las adicciones, de la discriminación, de la violencia; sugiere jerarquizar el humanismo ante la preeminencia de la educación pragmática sólo ocupada en formar técnicos.
Como se advierte, un cúmulo de buenos propósitos que todos, seguramente, suscribimos.
No obstante, hay sobrados motivos para preguntarse por qué el Partido Nacional –que hizo la Patria junto a su rival tradicional, el Colorado, que ejerció el gobierno en varias ocasiones y que co gobernó en tantas otras– no puso en práctica todas estas sabias ideas sobre educación.
¿O no se siente responsable, en parte al menos, del descalabro de nuestro sistema educativo?
¿Qué excusas tienen los dirigentes nacionalistas que ocuparon cargos de gobierno en los últimos veinte años para explicar por qué no intentaron corregir la realidad heredada de la dictadura, paliar el daño y revertir la tendencia?
Como en tantos otros aspectos del quehacer nacional, muchos políticos tradicionales parecen querer presentarse como ajenos a la realidad del país. Como si desde el retorno a la vida democrática no hubieran tenido responsabilidades de gobierno y, por ende, no fueran responsables de la triste realidad de hoy.
Sería muy saludable para la sociedad, para la democracia, para el sistema político y también para los propios partidos tradicionales, que éstos se sinceraran y procedieran a una autocrítica seria. Que reconocieran públicamente sus yerros y sus fracasos.
La sinceridad, la honradez intelectual, son virtudes que la población valora especialmente y que pueden ayudar al sitema político a recuperar su credibilidad y la confianza de la ciudadanía.
Sólo así se logra fortalecer la democracia. *
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