Danilo Astori en Londres o la gran encrucijada uruguaya
Igual que en una divisional clubista de fútbol, la economía uruguaya se encuentra peleando el descenso y los próximos resultados van a ser fundamentales. En realidad la economía uruguaya pelea el descenso desde 1945 pero no nos damos cuenta.
La estrategia en el campeonato económico de países no es tan clara como en el fútbol. ¿Salimos a la cancha con un 4-4-2 o con un 4-3-3?, se pregunta el nuevo técnico de la selección celeste.
El resto de los uruguayos debe hacerse una pregunta táctica parecida: ¿nos salvamos del descenso con una economía de mercado salvaje o tratamos de cubrir la defensa del trabajador con un líbero plenipotenciario? O mejor, ¿nos abroquelamos todos atrás para perder solamente 1-0 en los descuentos en lugar de que nos goleen desde el vamos? ¿Los puntos los vamos a perder igual? ¿Nos sirve el empate?
La palabra la tiene el «coach» del Ministerio de Economía y Finanzas, el «profe» Danilo Astori, que se encuentra por estos días en Londres con el propósito de empaparse de las realidades económicas inglesas, europeas y mundiales.
La economía capitalista de más auge internacional en los últimos años no fue la de Estados Unidos, sino que fue la de China comunista, creciendo a un envidiable 8% anual. El país europeo más rabiosamente neoliberal es hoy Polonia, que siendo pobre, se dio el lujo de mandar un contingente militar a Irak, hombro con hombro con EEUU e Inglaterra. China y Polonia, a su manera, quieren entrar pisando fuerte a la cancha.
¿Qué pito toca Uruguay en todo este esquema estratégico? Muy poco, pero algo podemos hacer, además de pelear el descenso. La segunda división de países es feísima: incluye parias económicos sin levante en Africa, algunas regiones de Latinoamérica y Asia. Desde esa divisional no sube nadie. Se los traga la tierra, literalmente.
Desde el punto de vista informativo internacional Uruguay es un agujero negro. No existimos. Este es el primer factor dentro del cual habría que empezar a trabajar. El público europeo no tiene ni la más mínima idea de dónde está Uruguay, qué tenemos para vender y cuáles son nuestras perspectivas de futuro. Decir que somos uruguayos no es negocio.
Los políticos de la posguerra pensaron que en Uruguay se podía hacer cualquier cosa, que nadie se iba a dar cuenta, porque somos chiquitos. Por ejemplo, que un golpe de Estado no iba a tener consecuencias en la opinión pública internacional, que una revolución pasaría desapercibida, que la ley se puede romper sin que nadie se entere, que la corrupción es simplemente un curro local. Esta es la gran mentira sobre la cual se basó nuestra política económica durante los últimos 50 años.
Una mala noticia para los uruguayos: todo lo que hacemos tiene repercusión internacional en algún lado. Si en 1973 el gobierno de la época decidió romper las leyes para establecer un gobierno de facto, las consecuencias económicas de eso se sienten todavía hoy.
Los que nos dijeron que era posible suspender las leyes democráticas sin consecuencias nefastas para nuestra posición en el mundo moderno, nos mintieron. Hoy todavía estamos levantando esos pedazos.
La muerte de la Guerra Fría le dio a Uruguay una segunda chance internacional. Hasta 1989 éramos sólo parte de un gran tablero estratégico donde la Unión Soviética y Estados Unidos jugaban a las damas y se comían nuestras fichas. Con el fin de esa guerra las dos superpotencias se quedaron sin su juego preferido y Uruguay empezó a renacer.
A esta realidad internacional llega Danilo Astori a Londres. Pero vamos a no hacernos demasiadas expectativas. Vale decir solamente que Lula, el actual presidente del gigante latinoamericano, se apersonó en Londres la semana pasada, brindó con la Reina Isabel II y le dio un espaldarazo a Tony Blair. Pero nadie más se enteró. Apenas si los noticieros locales hicieron alguna referencia a un sumariamente ejecutado brasilero, en el marco de un operativo antiterrorista. El nombre de Jean Charles de Menezes es más famoso en Londres que el de Inácio Lula da Silva.
El nuevo corte de cabello del futbolista David Beckham, capitán de la oncena inglesa mundialista, llenó más espacios en los medios que la nueva corbata del jerarca máximo brasilero que lidera los destinos de casi 200 millones de personas.
Pero tal vez esa ignorancia total de lo que acontece en Uruguay sea nuestro pasaporte a salvarnos del descenso, sea el pizarrón donde podamos dibujar la estrategia ofensiva que necesitamos para hacer un gol.
«Uruguay es un barrio, que tiene la suerte de ser un país», dicen algunos analistas económicos ingleses. Hoy por hoy, Uruguay está solo en el mundo. Los bloques estratégicos, los préstamos oportunistas, los regalos a cambio, ya no funcionan porque no le sirven a nadie.
Uruguay debe madurar como país o caerá en la divisional de los que no vuelven. Para eso, la economía no basta. Hay que madurar políticamente, diplomáticamente, informativamente, administrativamente, judicialmente y hasta futbolísticamente. Porque no hay revanchas en el descenso de la vida. *
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