Todos fuimos violados
«Día de reflexión nacional»: así fue declarado el del sepelio y entierro del primer compañero aparecido. Treinta años después de la detención y muerte del obrero metalúrgico Ubagesner Chaves Sosa, asesinado y desaparecido por la dictadura, lo despedíamos en la Universidad de la maltratada República Oriental del Uruguay.
Gracias una y mil veces a los estoicos seguidores de huellas. La pena de ustedes vale hoy más que nunca y paga con creces la urgente recuperación de la memoria de toda una nación. Si los familiares se hubieran quebrado, junto a los seres queridos habría desaparecido también la esperanza. Es por eso que no podemos darnos el lujo de olvidar ni de dar vuelta páginas. A quienes sacrificaron sus vidas por la libertad de nuestro país, les debemos verdad y justicia para que puedan descansar definitivamente en paz.
Los restos, los cadáveres de los «culpables de querer un mundo mejor» son y serán testimonio vivo y presente del sinfín de aberrantes crímenes y despreciables delitos cometidos por cobardes militares con el pretexto de una guerra que no existió, librada contra indefensos compatriotas semimuertos por los suplicios soportados. Cada hueso desenterrado es pieza de un macabro rompecabezas que cual opus mágnum de la tortura, los milicos y sus secuaces inventaron para bastardear al pueblo. Sólo subestimaron la inteligencia del amor, imparable bastión que hoy reclama saber y juzgar desde el mismo fondo de las tumbas revueltas.
No a todos nos mataron ni nos desaparecieron. En cambio fuimos violados y lo seremos a perpetuidad. Ultrajados y lesionados en nuestro más íntimo pudor, los uruguayos sufrimos una herida irreparable. La dictadura militar torció la historia, instaló el exilio y la emigración, impidió crecer y nos enseñó a temer el terrorismo de Estado. Ya nada es como debió ser. Quema una llaga que nunca cerrará definitivamente y que aún aparentemente cicatrizada, dejará secuelas irreversibles e infinitas. Que alguien me niegue esto y le diré lo que siento al tener que explicarle a mi hija de seis años por qué hoy se cava la tierra para sacar cadáveres como cosa normal y se viaja con huesos humanos para hacer estudios.
Pregunto cómo se dicen de otra manera violación y tortura. Cuáles son las mejores palabras para dar a entender a un inocente por qué se alegra una hija de que aparezca su padre muerto y se vela a alguien que falleció hace treinta años. De apuro y como puedas, cuéntale a tus hijos que nacen a la vida estas miserias del país que nos dejaron. La indignación, la bronca, la impotencia, la necesidad de justicia no son del pasado; son furibundamente actuales y necesarias.
Tampoco me perdonaría no decir nada porque es un deber mínimo que la conciencia y el corazón me exigen. Pero duele.
El ejemplo de los familiares de desaparecidos –máximos perjudicados– enseña a fortalecer los afectos desde la amargura, urdiendo coraza de la fragilidad más indolente.
El estado actual de la sociedad uruguaya oscila entre esa fe, y las palabras de la valiente hija de Ubagesner pronunciadas casi sollozando: «No siento paz» dijo en el estrado frente a la Universidad. «La angustia, el miedo, la tristeza y la ausencia aún están presentes.».
Vale, Valentina: seguiremos caminando para honrar la memoria de los que como tu padre, se marcharon para que otros estuviéramos: ¡Sabremos cumplir! *
www.atabaque.com.uy
Compartí tu opinión con toda la comunidad