Impunidad
Desde hace dos decenios, cuando decimos impunidad todos los uruguayos sabemos de qué estamos hablando. No importa qué opinión tengamos sobre ella. Es un lugar común.
Hoy sentimos que la población en general, la persona que transita por 18, el veraneante que está en la playa, el vecino que vuelve de su trabajo, el estudiante que sale temprano de su casa, simplemente la señora que barre la vereda están en situación de riesgo de ser agredidos. Agresión física, verbal, robo u otras. Esto ha pasado a ser «una sensación», lo cual quiere decir que no necesariamente se convierte en realidad.
Esta sensación la siente el ciudadano común y todos escuchamos relatos más o menos semejantes de situaciones de inseguridad ciudadana. Nos sentimos desprotegidos, la actuación policial es insuficiente, tardía o inexistente.
No estamos en un buen clima humano de convivencia entre nosotros y va desapareciendo esa ventaja comparativa para el turista extranjero que encontraba en nuestro país.
Ciertamente esta situación no es original del Uruguay, más bien nos estamos incorporando recientemente, en forma tardía. Lo cierto es que lo que escuchábamos de otras latitudes se está dando entre nosotros.
Los orígenes de estos desbordes están estudiados y analizados y se vinculan siempre con las mismas temáticas: la inequidad, la riqueza mal repartida, la falta de ocasiones, la falta de trabajo, etc.. Desde el punto vista cultural la difusión de la violencia, la caída de patrones de conducta, el deterioro de los valores humanos, etc..
Las soluciones encontradas a esta epidemia de terror social no son eficientes. En general se deja a la iniciativa individual ponerle límite: el uso de rejas en las casas, sistemas de seguridad, previsiones rigurosas de seguridad personal, hasta la propuesta del uso de armas defensivas indiscriminadas.
Convengamos que por aquí no avanzaremos mucho. Además el costo de esta solución es cada vez para menos personas.
A nivel de acciones del Estado las respuestas son insuficientes y pusilánimes. Las autoridades no dan señales claras a los ciudadanos de su respaldo eficiente para detener con firmeza esta situación. Es cierto que la gravedad y generalización del problema es tal que nadie pretende soluciones ¡ya! y definitivas. Sí creemos que clarificar el discurso y buscar una toma de conciencia colectiva de la situación facilitaría las cosas.
Por momentos la Policía se siente inhibida para actuar, dice no tener directivas claras o limitaciones tales que el agente de seccional no se anima a sobrepasar. Algo parecido sucede en los ámbitos judiciales donde se aduce no tener normas claras o las existentes ser incompetentes para atender la novedad de los problemas planteados.
Lo del título: sentimos la impunidad de quienes nos acosan pero no acertamos a definirlos, reconocerlos y reorientarlos. Hay quienes piensan que esto es posible dilucidar, pero que la solución es muy costosa social y políticamente. Hay quienes piensan que el asunto no tiene solución.
Hay quienes pensamos que denunciando la situación y forzando ámbitos de reflexión podamos llegar a encontrar salidas, podamos detener esta pesadilla de violencia. Es poco lo que proponemos para la magnitud del problema. Rogamos otras sugerencias. *
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