Otro 8 de marzo
Pasan los años pero la civilización occidental, con su rico bagaje cultural humanista, democrático y liberal heredado de la tradición judeo-cristiana y de los enciclopedistas del siglo XVIII, conserva –a comienzos del tercer milenio– pautas de conducta reñidas con aquellos valores tan invocados pero tan poco respetados.
Desde que empecé a volcar mis modestas opiniones en la prensa escrita, varios ochos de marzo se han sucedido; y cada vez hube de garrapatear algunas líneas sobre el tema de la condición de la mujer y de la discriminación de que es objeto. Hoy no es una excepción, pues la situación de la mujer no ha variado.
A pesar de las denuncias, de la militancia de organizaciones defensoras de Derechos Humanos y de la aparente toma de conciencia de la sociedad, la condición de la mujer sigue exhibiendo iniquidades chocantes. Diariamente las mujeres deben soportar las rémoras de un espíritu machista que pervive en nuestras pautas culturales. Es así que siguen percibiendo remuneraciones menores que los hombres, al punto que la brecha salarial llega a extremos que rondan el 40 por ciento. En lo que respecta a la posibilidad de acceder a cargos públicos o a puestos de relevancia en la actividad privada, la situación se mantiene más o menos incambiada.
Con ser grave, esto no lo es todo. En efecto, los hechos de violencia doméstica se siguen sucediendo y las cifras hablan claramente de un fenómeno que se ha convertido en una patología social: cada nueve días, una persona del sexo femenino muere víctima de violencia doméstica. El clima de violencia que toda la sociedad padece se manifiesta especialmente en la prepotencia, la violencia verbal y la agresión física ejercidas por los hombres contra las mujeres. Por más que se haya legislado al respecto y que haya organismos especializados encargados de prevenir y combatir la violencia doméstica, estas tímidas medidas no han sido suficientes para detener los arrebatos agresivos de los más fuertes contra los vulnerables.
Pero este ocho de marzo de 2006 en particular adquiere una especial significación en razón de otro asunto que la dirigencia política no ha sabido (o no ha querido) resolver y que se vincula directamente con el tema de la mujer. Me refiero a la posibilidad de despenalizar el aborto.
Hace dos años, el proyecto de ley llamado de Defensa de la Salud Reproductiva naufragó en la Cámara de Senadores luego de haber sido aprobado en Diputados. Hoy la Bancada Femenina impulsa nuevamente su tratamiento y nuevamente se encuentra con la oposición férrea nada menos que del presidente de la República, quien reitera su amenaza de veto.
Confieso que no entiendo ese fundamentalismo que soslaya las inevitables consecuencias que la penalización del aborto acarrea a la mujer y a la pareja, consecuencias por todos conocidas y que suponen riesgos sanitarios e injusticias múltiples.
En fin, en el Día Internacional de la Mujer, levanto mi copa por que se revea esa postura y se arribe a una solución legislativa adecuada que barra con prejuicios absurdos e inhumanos. *
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