El tesoro escondido, o una historia maravillosa

Estuve el sábado pasado junto a compañeros de El Popular con los equipos de filmación de la Rede Globo de Río de Janeiro y de nuestra TV Ciudad, que en el edificio Lapido de 18 de Julio y Río Branco (hoy Wilson Ferreira Aldunate) y a lo largo de nuestra principal avenida revivieron algunos episodios de la maravillosa historia que estos días ha encarnado el fotógrafo de El Popular, el entrañable compañero Aurelio González.

Por una parte filmaron en el lugar el descubrimiento de los rollos de fotografías que a lo largo de 33 años estuvieron escondidos en las entrañas del Palacio Lapido, mientras Aurelio reseñaba las peripecias que culminaron en su recuperación. Allí hubo de todo: imaginación y conciencia de un trabajador, una dosis de casualidad y buena suerte, pero a ese ángel esquivo hay que perseguirlo, de lo contrario no llega. También quedaron grabadas las imágenes y el relato de la manifestación antidictatorial del 9 de julio de 1973, allí donde un trolebús de Amdet quedó aprisionado entre la multitud que poco después habría de enfrentar con valentía la represión sable en mano y las tanquetas militares, subiéndoseles al techo. Todo esto se encuentra registrado en fotos recuperadas. Entre ellas se destacan además las imágenes de la gente que resiste a los gases lacrimógenos, en medio de una densa humareda. Esta toma ampliada va a merecer especial destaque en las pantallas de la Globo.

Otra secuencia reproduce el episodio de la persecución del comisario Tellechea, revólver en mano, contra el fotógrafo, frente al cine Trocadero. El aludido era el jefe del aparato de espionaje y represión contra el movimiento sindical, y pasó más tarde a comandar el Cilindro, donde fuimos a parar en la noche del 9 de julio y precisamente, cuando después de la manifestación un destacamento armado a guerra y con máscaras antigás asaltó El Popular. Aurelio no sólo logró escabullirse del policía, moviéndose entre los autos estacionados, sino que lo escrachó con la cámara fotográfica que nunca soltaba. Esa imagen mereció al día siguiente la primera plana y circuló por el mundo. Se venía a repetir la escena que protagonizó, durante la guerra, el emblemático fotógrafo de la vieja Justicia, Mucinelli, que fotografió al nazi que el diario venía denunciando cuando se le venía encima con su auto.

En el tesoro escondido y sacado a la superficie no hay solamente imágenes de este tenor. Por ahí desfilan veinte años de historia. Aparecen Seregni, la fundación del Frente Amplio, el acto del 26 de marzo, la fundación de la CNT y sus principales dirigentes, el Pepe D’Elía y todo el acontecer nacional, desde la piña de Cococho Alvarez al Lito Silva en un clásico, a las vueltas ciclistas y el carnaval.

Muchos de estos hechos el lector ya los conoce, porque han tenido difusión en los medios locales, como lo merecen. Ahora alcanzarán un ámbito considerablemente mayor, a través de todo Brasil.

Esto ha traído a la mente recuerdos a montones, con su aura de soterrada emoción. Evoco la primera llegada de Aurelio a nuestro diario, cuya redacción estuvo en el primer momento en Uruguay 1773 bis y la imprenta con una máquina plana en Paysandú y Yaguarón. Aquí los recuerdos de Aurelio y míos se entreveran un poco. El subió las escaleras una tarde y se ofreció para trabajar de fotógrafo. Hacía pocos meses que había llegado. Nosotros sacábamos en ese momento un diario pequeñito llamado Verdad. No había fotógrafo (salvo algún amateur ocasional), el primero fue «el gallego» (que de gallego no tiene nada, porque nació en el Marruecos español, vino aquí de polizón y tiene tres hijos uruguayos). A los pocos días estaba trabajando, y para siempre. Lo que ambos recordamos muy bien eran los caseros, el viejo Benutti y su compañera, nuestros bondadosos padres adoptivos, y las risas estruendosas que sacudían el local cuando los sábados de tarde se reunía el equipo económico que denominábamos los «cuatro grandes del buen humor»: el doctor Juan C. Pérez Ortega (Lionel Lenoil), el catedrático Williman Osaba (Lucio N. Revo), el Dr. Carlos de Landro (Cornelio Rivas) y Camilo Pasturino, los últimos veterinarios y especialistas en carnes. Ese equipo siguió trabajando hasta el final. Dos de ellos murieron en el camino.

Porque después le llegó el turno a Justicia diario, que salía todos los días menos los viernes, en que aparecía en formato grande el semanario tradicional. Hasta que el 1º de febrero de 1957 apareció El Popular y de ahí hasta su clausura por la dictadura tras el golpe de Estado. En todas las etapas Aurelio estuvo prendido.

Declarada la huelga general de inmediato tras el golpe, yo acompañé a Aurelio en varias recorridas por las fábricas ocupadas. También estuvimos en el gran acto en el Paraninfo, cuando se hablaba de un acuerdo del Frente y el Partido Nacional contra el golpe, en la Facultad de Medicina (donde él hizo una referencia a la llama de Ancap apagada que levantó en vilo al auditorio), y luego en fábricas metalúrgicas y en las textiles de Maroñas ocupadas. Esos recuerdos me estremecen todavía hoy: las textiles ocupadas, las familias enteras, las obreras con sus hijos, la olla llenada con aportes del barrio y su solidaridad permanente, las empresas desalojadas a punta de bayoneta y vueltas a ocupar, la serena firmeza, la confianza en la lucha. Se vivía el clima de días decisivos de la historia. Ese es el espíritu que se había venido gestando en las asambleas posteriores al golpe del 31 de marzo de 1964 en Brasil (el golpe de Lincoln Gordon) y que en ese momento hacía eclosión. Y esto es lo que ahora reproduce Aurelio con entusiasmo juvenil: el papel del pueblo, su amor a la democracia, su convicción acerada, desde la primera hora, de que la dictadura se podía derrotar. El nuevo Uruguay es hijo de esa convicción.

EL viernes 10 se efectúa en el Centro Municipal de fotografía de la IMM un acto en que será exhibido un conjunto de las fotos recobradas. No podré participar porque ese día daré en Paysandú una conferencia sobre la nueva América del siglo XXI.

Me permito invitar a los lectores a hacerse presentes. *

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