Colonialismo cultural
En un folleto publicitario se nos insta a comprar muebles estimulándonos con una oferta tentadora: «40% off«. Cualquier oriental medianamente lúcido, aunque ignorante de la lengua de Byron, podrá colegir que se trata de un descuento de cuarenta por ciento; entre otras razones, porque en toda promoción de ventas en que aparece un porcentaje, éste indica siempre el descuento con que los bondadosos empresarios benefician a los consumidores. Si estamos de acuerdo con que la función primordial del lenguaje es la comunicación, el mensaje ha cumplido su cometido que no es otro que transmitir al receptor lo que el emisor se proponía.
No obstante, tal comunicación no ha sido «normal» en la medida en que el receptor ha debido efectuar una operación mental más compleja que la que hubiera requerido la simple «lectura» de un enunciado redactado en su lengua, cuya decodificación es instantánea.
No soy contrario a la incorporación al español de vocablos y giros extranjeros, siempre y cuando estos vengan a llenar un vacío o aporten una precisión conceptual o un matiz semántico especial. No es el caso de la expresión de que me ocupo, cuya única ventaja sobre la forma española sería la de la brevedad, quizá por un desmedido apego a la economía de grafemas.
Creo, más bien, que se trata de una manifestación más de la tilinguería esnob (valga el anglicismo castellanizado) que se ha entronizado en la sociedad y que propone como modelo a la cultura estadounidense, del mismo modo que hace un siglo miraba con embelesamiento hacia Francia.
Por eso pienso que no corresponde combatir esta contaminación lingüística que nos invade, con herramientas meramente lingüísticas.
Desde hace bastantes años –pero sobre todo a partir del afianzamiento hegemónico del imperio– el mundo hispanohablante está sufriendo un proceso de aculturación, vale decir de pérdida de identidad cultural y de desprestigio de su lengua materna frente a la que hablan los amos del mundo.
Siempre ha ocurrido que las naciones que ejercen un cierto predominio material o intelectual son admiradas por las que se consideran débiles; y suele ocurrir, como consecuencia, que estas traten de emular a aquellas en diversos aspectos. Uno de ellos es la lengua: las comunidades débiles sienten que el uso de vocablos del idioma de la sociedad admirada es más atractivo y que, tal vez mágicamente, los provea de la fuerza y la inteligencia de que hacen gala los poderosos.
–Bueno, Mendieta, mande la vuelta que yo le pido al bolichero que nos haga un off en el vaso de tinto…
–¡Qué lo parió! *
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