Los desafíos de una reforma educativa

Entre los múltiples desafíos que aguardan al gobierno y que éste deberá enfrentar, analizar, debatir y resolver en el correr del año en curso, figura –junto con la reforma del sistema tributario y la reforma del sistema de salud– la reforma del sistema educativo.

Hablar de reforma educativa implica, como primera cuestión de estudio en profundidad, averiguar qué educación queremos los uruguayos, cuáles deben ser las metas de la educación para el Uruguay del siglo XXI, y cuáles los caminos más apropiados para alcanzar esas metas.

No es poca cosa. El desafío es importante y no admite dilaciones.

Aparentemente, en las actuales autoridades del Codicen parece prevalecer un espíritu más abierto, más flexible y menos sectario, que promueve la consulta a los funcionarios directamente involucrados en la tarea educativa, esto es a los docentes. Se está hablando –ya desde el año pasado– de revigorizar las Asambleas Técnico Docentes (ATD) de modo de darles el lugar que les corresponde de acuerdo con el espíritu con que fueron creadas hace más de cuarenta años. Son instancias de encuentro, de discusión, de intercambio de ideas, iniciativas y proyectos; es allí donde se vuelcan las inquietudes de los docentes, inquietudes surgidas de la praxis en una realidad que raramente es tenida en cuenta cuando los planes de estudio se elaboran en gabinetes asépticos por parte de tecnócratas demasiado imbuidos de estadísticas frías.

Hasta el tercer cuarto del siglo pasado, el Uruguay se destacó por la calidad de su enseñanza en general y por el nivel de su educación pública en particular. Pero la nefasta intervención de los motineros, de los coroneles metidos a educadores, hirió de muerte a la enseñanza de tal modo que luego de la restauración democrática vanos fueron los intentos por volver al nivel de antaño.

Cierto es que los tiempos han cambiado, que el mundo ha evolucionado, que los avances científicos y tecnológicos volvieron obsoleta la enseñanza libresca y académica que había prevalecido hasta los años sesenta. Pero la reacción contra aquella educación excesivamente teórica instaló la idea de que todo conocimiento que no tuviera aplicación práctica –que no fuera «útil»– debía ser rigurosamente desechado en aras del pragmatismo que exigía el mundo moderno. Ese criterio –tan pernicioso como el opuesto, el que postula el desprecio por la tecnología– ha llevado a un entronizamiento absurdo de la informática, confundiendo un medio con el fin, una herramienta con la meta.

Desde luego que no podemos pretender que nuestros jóvenes prescindan de los elementos que brinda la tecnología pues ello implicaría marginarlos, mantenerlos al margen del mundo globalizado. Pero tampoco es cuestión de llevar la informática a un pedestal demasiado alto. En la medida en que se logre un adecuado equilibrio se podrá dar a la tecnología el lugar que le corresponde sin subvaluarla; y, paralelamente, sin sobrevaluar los conocimientos humanistas o librescos.

De lo que se trata es de llegar a ese equilibrio y dar a cada materia, a cada tema, su justa medida. Debemos preocuparnos por preparar a los jóvenes para el mundo competitivo y para desarrollar destrezas que les permitan insertarse en el mercado laboral.

Pero al mismo tiempo, debemos tener cuidado de no limitarnos a esos aspectos prácticos, pues corremos el riesgo de convertir a nuestros jóvenes en meros engranajes de la maquinaria productiva, en vez de formar ciudadanos libres y con espíritu crítico. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje