El ejemplo chileno
A pocos días de la culminación del período de gobierno encabezado por el presidente Ricardo Lagos proliferan en los medios diversos balances de gestión.
Muchos de ellos centran su análisis en la política exterior. El propio presidente Lagos ha aportado sus reflexiones a modo de repaso de la posición actual de su país en el escenario regional, continental y mundial.
Resulta notorio que Chile se ha ganado un prestigio sobresaliente y ha configurado una posición de liderazgo político con reconocimiento general por una equilibrada combinación de seriedad, madurez y atrevimiento para nada exento de grandeza y ambición en el escenario internacional.
Hitos relevantes del mismo lo configuran hechos tales como su posición crítica, firme e independiente en el Consejo de Seguridad de la ONU en los acontecimientos desencadenantes de la crisis de Irak.
El éxito histórico de José Miguel Insulza como secretario general de la OEA, logrando por primera vez que un candidato se impusiera a pesar de la oposición original de EEUU, conforma otro hito destacable de su política exterior.
La más ambiciosa realización chilena fue la decidida en el caso de Haití. Esta operación, coordinada estratégicamente por la Moneda con Planalto, culminó con un éxito indiscutible, a pesar incluso de los intentos implícitos de EEUU y Francia de pretender llevar el proceso a la concreción de una segunda vuelta electoral entre Preval y su más inmediato contendor cuando resultaba impracticable y peligrosa dada la situación generada.
El sentido pragmático de la solución adoptada culminó felizmente un proceso aún con destino incierto, pero es muy difícil no reconocer el éxito de la primera intervención de una fuerza multinacional de paz y estabilización dirigida y ejecutada fundamentalmente por latinoamericanos en el continente y con una destacada participación uruguaya.
La actitud chilena en la relación con EEUU ha logrado marcar un camino de cooperación intensa y de independencia política.
La secretaria de Estado Condolezza Rice concurre por primera vez a una ceremonia de transmisión de mando en América Latina, y ello ocurre con Chile desmarcándose claramente de la propuesta del frente «anti-Chavez» sugerido en recientes declaraciones por la jerarca norteamericana.
La diplomacia chilena se ha posicionado frente al nuevo Presidente de Bolivia con una actitud de amplia apertura y disposición a un diálogo sin restricciones, que alienta moderadas pero fundadas expectativas de una nueva época en las tan difíciles relaciones entre ambos países vecinos.
La política de búsqueda de mercados en el mundo y de inserción de Chile en la economía global apuntando a ser una plataforma de inversiones regional a través de los TLC le ha generado un dinamismo económico importante, más allá de los extraordinarios ingresos percibidos por los altos precios de sus exportaciones mineras tradicionales.
Los TLC tienen el valor agregado del impacto político que causan al generar por sí mismos una «mirada» hacia Chile de los grandes grupos económicos mundiales.
La nueva prioridad del actual y del futuro gobierno de la doctora Bachelet en la región, anuncia una mayor dinámica y una mayor incidencia en la evolución de un Mercosur en su más profunda crisis desde la suscripción del Tratado de Asunción.
La calidad de sus instituciones en general y el gran desarrollo de los instrumentos de política exterior son factores clave para la ejecución de su política.
En una coyuntura regional y continental llena de sorpresas y contradicciones, el ejemplo chileno sobresale como un camino predecible, seguro y exitoso que obliga a reflexionar profundamente hasta a los más críticos a su modelo. *
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