Un problema de dignidad y de soberanía

A esta altura de los acontecimientos, lo que es el respeto a los derechos humanos, a la convivencia armónica en el marco del cumplimiento de las normas legales y a la unión de los países latinoamericanos viene siendo profundamente violentado por el bloqueo que venimos sufriendo desde la Argentina.

Ya desde el principio de esta agresión que viene sufriendo el pueblo uruguayo, ha quedado bien claro que este no es un problema ambiental, más allá de lo que manifiesten los piqueteros impulsados por Busti y avalados por Kirchner. De lo contrario no se entenderían las profundas contradicciones que han sido señaladas públicamente: lo de Busti fomentando plantas de celulosa en su provincia, lo de Kirchner en mensaje al Congreso argentino avalando la construcción de nuestras plantas, la de los piqueteros que no dicen ni hacen nada por las plantas de celulosas argentinas que esas sí son de tecnologías obsoletas profundamente impactantes del medio ambiente, lo de Greenpeace que en Uruguay critica un procedimiento de fabricación y en Australia la propia Greenpeace lo premia.

Aquí lo que está en juego en esta agresión son intereses económicos y políticos.

¿Qué diferencia tiene un bloqueo por razones ideológicas como en Cuba, con un bloqueo como el que estamos soportando? Las consecuencias son las mismas: presión para no actuar soberanamente, pérdidas económicas, aislamientos, violación a la libertad de circular libremente.

Aquí hay un problema de soberanía y de dignidad nacional. No por ser el «hermano mayor» se nos puede imponer qué debemos hacer los uruguayos y qué decisiones debemos tomar.

Aquí está en juego nuestra independencia, el momento histórico así lo reconoce. Por eso la importancia de cómo se viene conjugando sabiamente el diálogo, la mesura y la prudencia, con la firmeza en la defensa de nuestra soberanía, y todo ello en el respeto irrestricto a las normas del derecho nacional e internacional.

¿Alguien podría dudar qué consecuencias tendría para nuestro país dejarse pasar por arriba? ¿Qué sucedería entonces de allí en adelante con nuestra independencia? ¿Quién decidiría entonces el qué hacer sobre nuestros asuntos en el futuro?

El pueblo uruguayo ha comprendido que aquí lo que está en juego es un tema de soberanía y de independencia, y cuando ello está en juego no puede haber diferencia política, religiosa o filosófica que nos pueda separar en la defensa de estos valores irrenunciables.

Desde niño aprendí en la escuela que nuestro Uruguay es un pequeño gran país. Hoy lo estamos demostrando nuevamente: territorialmente nuestra superficie es pequeña.

En la defensa de nuestra dignidad, de nuestra independencia y de nuestra democracia nos volvemos a caracterizar por nuestra grandeza. *

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