Un año antes y un año después
A pasado un año desde la asunción del gobierno del Encuentro Progresista, un período corto para realizar un balance de resultados de las acciones de cambio emprendidas. Sin embargo todos los uruguayos debemos reconocer que ha sido un año con un gobierno timoneado por la izquierda, la que nunca había accedido al poder en el país, siempre en manos se los sectores tradicionales, blancos y colorados. Sin embargo fue una situación nueva que sirvió para reafirmar la convicción democrática de todos, afirmando los elementos constitutivos de una realidad de país, sin la cual sería imposible mirar y construir el futuro con un mínimo de posibilidades de éxito.
Una homogeneidad política en la diversidad de ideas, como debe ser en el funcionamiento de una democracia, donde unos planteen su pensamiento con las fuerza de sus convicciones y los otros defiendan su accionar, con sus postulados y, por supuesto, con ese basamento de notable validez que son las mayorías parlamentarias.
Por supuesto que el país que encontró el doctor Tabaré Vázquez hace un año, tenía una problemática muy difícil, llena de hondos dramas sociales que marginaban a miles de uruguayos en situaciones de indigencia y a otros, sobreviviendo las mil carencias inherentes de estar por debajo de la línea de la pobreza. Un millón de compatriotas en una situación desesperante, con un índice de desocupación importante y una magra capacidad de compra por salarios flacos y de jubilaciones escuálidas, que no movilizaba a la economía.
Vázquez encontró también un país con privilegios bochornosos, como los contratos de obra, de personajes con vinculaciones políticas, que era contratados y recontratados, sin que su labor fuera ni siquiera de realización plausible.
Era el país en que se hacía difícil el manejo del endeudamiento externo, récord a nivel planetario, en el que caímos por obra y gracia del último gobierno colorado, que socializó la pérdidas de un sistema financiero que vivió durante el año 2002 una crisis que fue terminal para los bancos de capital nacional. Crisis que el gobierno quiso superar insuflando dinero en esas instituciones fundidas, tarea infructuosa, producto de un análisis casi demencial de la situación que se estaba viviendo, reflejo también exacto de los caminos emprendidos anteriormente.
Ello desembocó en el despeñadero y en el triste récord que tenemos los uruguayos. El de poseer la deuda externa per cápita más grande del mundo. Debemos reconocer, que en alguna medida, durante la nueva administración se fue encausando la situación y ese descalabro se convirtió en manejable y hoy el pago de las obligaciones externas no alarma a nadie, pese a que sigue pesando negativamente en las posibilidades de desarrollo.
Un año, además, en que los trabajadores, se vieron favorecidos por la reimplantación de las negociaciones colectivas. Los Consejos de Salarios que, indudablemente, contribuyeron junto con el aumento de las exportaciones, a la mejoría general que se está verificando.
No debemos olvidar el Plan de Emergencia, ese intento quizás perfectible, de llegar con ayuda a los sectores más desposeídos, en que ya más de 60 mil familias reciben una contribución pequeña pero que les permite cubrir muchas necesidades básicas que antes tenían insatisfechas.
En medio de este panorama, cuando se cumple el primer año de gobierno, el país se enfrenta a otro desafío insólito. Es el conflicto con la Argentina, que admite que piquetes entrerrianos bloqueen los puentes que unen ese país con Uruguay, afirmando que las plantas de celulosa que se levantan en la zona de Fray Bentos, contaminarán.
Afirmación irracional, si las hay, que no admite discusión. Por supuesto que es tal la desmesura de la campaña argentina que, parecería, que el tema tiende a diluirse, lo que sería una buena noticia en el ingreso a este segundo año de gestión, en que el gobierno pretende hacer realidad su planteo de concretar las bases de un país productivo. *
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