Por qué es difícil la integración latinoamericana
Los procesos de integración han comenzado siempre en el campo económico para luego proseguir en el político, institucional, para llegar al concepto de supranacionalidad.
En realidad los mismos se conocen como tales a partir de la finalización de la segunda guerra mundial.
El mundo tuvo una economía con casi plena libertad, regida por el patrón oro, hasta el comienzo de la primera guerra mundial. En los cincuenta años anteriores vivió uno de los períodos de paz más prolongados. Desde la caída de Napoleón III.
Entre los dos conflictos mundiales la economía se hizo más proteccionista, cerrada y manejada por los gobiernos a través de políticas voluntaristas.
Cuando termina la segunda guerra se organizan las instituciones de crédito internacional. En los cincuenta años siguientes la economía mundial se caracterizará por un mayor crecimiento del producto mundial que el demográfico (4 por ciento y 1.8 respectivamente) y un comercio internacional que evolucionaba a un ritmo todavía mejor (6 por ciento) y una inversión muy por encima de todos estos indicadores (12 por ciento).
Mientras tanto comienza la reconstrucción europea. Los principales países del viejo continente tenían entonces productos per capita similares o por debajo de los más desarrollados de América, caso de Argentina y Uruguay. Y esa situación perduro por casi quince años más.
Hoy estamos por debajo entre cuatro y cinco veces. Ellos llevaron adelante la integración económica y política y nosotros no fuimos capaces de hacerlo.
Las causas para interpretar este proceso pueden ser varias. La más común, es aquella que entiende que estamos en un mundo injusto. Donde unos predominan sobre otros y son los que actúan mal los que tienen beneficios. Es una manera de ver las cosas.
Sin embargo pueden haber otras formas de interpretar la realidad. Europa estaba mucho más dividida y tenía motivos ciertos de enfrentamiento que América. Terminaba de salir de un conflicto que nosotros no sufrimos, con millones de muertos.
Y en esas circunstancias comienza su proceso de integración a través del acuerdo del acero entre apenas seis naciones lideradas por las que tenían mayor producto, Francia y Alemania. El Viejo continente aprovechaba la ayuda que a través del plan Marshall brindaba para su reconstrucción los Estados Unidos.
Es decir, hubo una acertada política para captar recursos externos y un papel de liderazgo por parte de las principales potencias. Que dieron certeza económica, solidez institucional, es decir predecibilidad y confiabilidad. Seriedad.
Esa función de liderazgo debía llevarse adelante en América, por lo menos en lo que al Sur respecta, por Argentina y Brasil. Y la verdad que estos países, los de mayor producto, a diferencia de los europeos, lo que han tenido desde entonces es una sucesión de gobiernos populistas o autoritarios regidos todos ellos, salvo períodos breves, por políticas no democráticas, estatistas y cerradas en lo económico. Sin estabilidad de la moneda, con períodos de hiperinflación, sin continuidad ni certezas.
Partimos hace sesenta años de situaciones asimilables en muchos campos y todos sabemos donde estamos hoy.
Ahora bien, un país de dimensiones tan limitadas como el Uruguay, ante esta situación de sus vecinos, que parece no tener fin por otra parte, tiene o no camino que recorrer para mejorar si situación. Por supuesto que si.
En primer lugar, si se diera un proceso de integración serio, esta demostrado que estas naciones tienen una gran posibilidad. Holanda y Bélgica, en Europa, tienen los mismos niveles de vida que el resto del continente.
Si esa perspectiva permanece cerrada, en los últimos treinta años los subdesarrollados que superaron esta situación, son naciones de pequeña dimensión que comerciaron con el mundo, abrieron sus fronteras y tuvieron un explosivo crecimiento. Singapur (tiene la misma población que el Uruguay y cinco veces menos territorio), todo el sudeste asiático y Chile, en nuestra América, son ejemplos a tener en cuenta.
Frente a la falta de liderazgo constructivo de Argentina y Brasil, que en estos momentos sufrimos con dramatismo por la crisis de las papeleras, es evidente que tenemos y debemos de asumir un camino propio, no agresivo ni de confrontación, pero que nos de la posibilidad de ser cada día más responsables de nuestro destino y protagonistas en la construcción de un país mejor.
El tiempo de la integración económica regional esta concluyendo. Por suerte en nuestro mundo los gobiernos, tanto en lo externo como en lo interno, cada vez mandan menos. El crecimiento del comercio y la nueva tecnología es una realidad incontrovertible que tiende a crear un mercado más abierto y amplio. En el futuro, sólo tendrán destino quienes se integren a ese proceso. Los demás quedarán al margen, cada vez más aislados y rezagados. Eso es lo que le ocurrió a Africa, donde a partir de la década del sesenta predominaron en la descolonización las ideas iconoclastas de ese tiempo y no han hecho más que retroceder.
Debemos procurar integrarnos a la región. Es verdad. Pero por encima de todo integrarnos al mundo. La integración no puede ser un instrumento para que pensemos sea posible el desarrollo negociando entre nosotros y cerrándonos. Tenemos un producto per capita continental que no llega a tres mil dólares, la mitad del de Uruguay. Por ese camino no podemos crecer. La integración o es un camino para abrirnos al mundo o significará un motivo de retraso y mayor pobreza aún que la que tenemos hoy. *
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