El gobierno por el camino correcto

Se cumple un año de gobierno progresista.

Un año rico en acontecimientos y en logros; pero también con conflictos (tanto imprevistos como previsibles), desencantos y sorpresas.

Un año de gestión del primer gobierno de izquierda en el país, luego de 170 años de alternancia en el poder de los partidos tradicionales y al cabo de más de treinta de surgida la fuerza política que aglutinó a las corrientes progresistas.

El triunfo electoral de las fuerzas de izquierda fue el resultado de un largo proceso de acumulación de fuerzas que se remonta a mediados de los años cincuenta y que tuvo un impulso especial con la exhortación del líder histórico del MLN Raúl Sendic, a poco de ser liberado, de conformar un «frente grande» que pudiera hacer frente a la hegemonía de los partidos tradicionales, expresión política de las clases conservadoras.

Durante este primer año que expira, el gobierno exhibió su vocación gradualista en la implementación de los cambios prometidos. Tuvo que esforzarse por encontrar y mantener un delicado equilibrio entre las promesas y la realidad, entre las aspiraciones plasmadas en el programa y la posibilidad real de llevarlas a cabo; entre el voluntarismo y lo posible.

Los gobernantes tuvieron que tomar conciencia de las trabas y dificultades, de las limitaciones que la coyuntura impone, de la situación heredada de administraciones anteriores irresponsables; en una palabra, el nuevo gobierno fue haciendo un aprendizaje del arte de gobernar.

En tales condiciones, resulta imposible conformar a los distintos sectores y grupos sociales que apoyaron la propuesta progresista e hicieron posible, con su voto, el triunfo electoral de octubre de 2004. A medida que fue ampliando el apoyo del electorado, el Frente Amplio fue haciéndose cada vez más policlasista; en tal situación, parece inevitable el surgimiento de conflictos en la propia interna del partido de gobierno, como consecuencia de intereses y prioridades diversas de cada sector que lo integra.

No es de extrañar, por tanto, que se hayan suscitado diferendos y desencuentros ante el tratamiento de determinados asuntos puntuales. Y es así que, como complemento a las críticas surgidas desde la derecha fente a ciertas medidas vistas como un ataque a los privilegios de la clase dominante, también desde sectores ubicados al otro extremo del espectro político aparecieron voces discordantes. Posturas intransigentes que reclaman medidas radicales y una aceleración del «proceso revolucionario» como si la realidad nacional y la coyuntura internacional fueran las mismas de hace cuarenta años. Como si el doctor Vázquez hubiera accedido al gobierno luego de una lucha revolucionaria y las condiciones fueran propicias para confiscar los bienes y medios de producción de la burguesía, romper con el FMI, crear milicias campesinas y obreras, formar tribunales populares e instaurar la dictadura del proletariado.

El gobierno ha ido dando los pasos necesarios para instrumentar los cambios que la sociedad reclama. Está transitando un camino de prudencia y de realismo político; pero ese camino es, también, un camino de voluntad inquebrantable para aplicar el programa y llevar adelante los famosos cambios.

Como ha dicho el propio presidente: «Prometimos cambios y estamos haciendo cambios; cambios posibles aunque no sencillos; cambios progresivos pero con resultados tangibles».

La sociedad, en su inmensa mayoría, parece haber comprendido que el gobierno va por el camino correcto. Esperemos que los sectores minoritarios aferrados a un «yaísmo» infantil también logren comprenderlo. *

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