Buenas noches, y buena suerte
EL TITULO de esta nota podría ser: el macarthismo, ayer y hoy. Vayan a ver esa película. Se las recomiendo con muchas ganas. Apreciarán un cine del mejor, y cómo se lucha por las ideas. Las dos cosas juntas, no una en detrimento de la otra. Reviviendo en blanco y negro episodios de medio siglo atrás, está refiriéndose a lo que sucede en Estados Unidos en estos tiempos del desprecio. Tiempos del Acta Patriótica, la nueva cara del macarthismo, de las guerras, de renovadas amenazas de invasiones y barbarie torturadora. Por algo George Clooney la lanzó en octubre pasado. Chapeau para él, por su dirección, guión e interpretación. Y para David Straitharn, que se trasmuta literalmente en el periodista Edward Murrow, un ejemplo de cómo se dignifica la profesión en la defensa del derecho a expresar las ideas, contra todas las presiones, contra el poder del gran dinero y contra las coartadas que a la postre sólo encubren el conformismo y la cobardía. Y para la negra estupenda (Dianne Reeves) que quiebra los momentos de más aguda tensión en sus «envolventes temas de jazz», como se dijo. Y para todos los demás, uno por uno.
Verán todo lo contrario de un panfleto reseco. La recreación perfecta del pasado, incluso de extensos fragmentos documentales con McCarthy y Eisenhower en la pantalla, encaja perfectamente en lo que el mundo está viviendo hoy. ¿Qué más actual que el alegato final de Murrow? (porque es el periodista el que habla, no el actor).
Merecería colgarse en todos los ámbitos donde trabajan periodistas de verdad o que aspiran a serlo.
Quizá la conclusión más importante –implícita, desde luego– de «Buenas noches, y buena suerte» es que hay que luchar sin desmayo, aun en las circunstancias más adversas, por la libertad de expresión y, simple y llanamente, por la decencia. (Es notable la recreación del pasaje en que le dicen en la cara a McCarthy: ¿Usted nunca entendió lo que es la decencia?). Vale la pena luchar, defender las convicciones, hacer hasta lo imposible para que prevalezca la verdad, siempre. En esa instancia se ganó. Y aunque se pierda, también. Esa lucha es perpetua.
Salgo del cine y me encuentro con la noticia de que el Washington Post tenía en su poder decenas de fotos de las nuevas tandas de torturas, aun más espantosas que las anteriores, perpetradas por las tropas yanquis en la prisión de Abu Ghraib, y no las publicó porque cedió a la presión del gobierno, que quería evitar su difusión a toda costa. El mundo conoció esos documentos del horror sin límites porque la televisora australiana Special Broadcasting Service (SBS) cumplió con el decálogo de Murrow. Se dijo entonces desde la Casa Blanca que no habían divulgado las fotos por respeto a las víctimas, para preservar sus derechos civiles. Y un oscuro portavoz del Pentágono alegó el temor de que la difusión de las pruebas gráficas aumentara la violencia en Irak y pusiera en peligro a las fuerzas armadas de su país. El cinismo y la hipocresía contra la verdad, la verdad brutal y desnuda.
Vayan a ver la película. A mí me resultó corta, quería que siguiera. Después la seguimos comentando. *
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