Emigración: una tendencia difícil de revertir
Una nota publicada en nuestra edición del sábado 18 da cuenta de una realidad dolorosa: el país sigue exportando recursos humanos, y se calcula que el diez por ciento de nuestros profesionales trabaja en el extranjero; vale decir que Uruguay forma y produce profesionales universitarios de los cuales unos cuantos emigran para poner sus conocimientos al servicio de otros países.
En la segunda mitad del siglo pasado comenzó a revertirse lentamente el proceso migratorio que había caracterizado a nuestro país prácticamente desde el comienzo de su vida como nación. Una serie de circunstancias había operado de manera de convertir a Uruguay en una tierra apetecible para los europeos que no hallaban en sus patrias las posibilidades de desarrollar una vida digna.
Es así que desde las naciones más pobres de Europa llegaban importantes contingentes a afincarse en un país con perspectivas y a integrarse a una sociedad abierta y acogedora. Los aportes de los inmigrantes extranjeros fueron numerosos e incidieron de manera notoria en la conformación de nuestra cultura y de nuestra idiosincrasia.
Pues bien, esa situación empezó a revertirse desde hace aproximadamente cuarenta años, y de ser un país de inmigrantes, Uruguay pasó a expulsar a sus hijos, a exportar obreros calificados, técnicos, profesionales que empezaron a advertir que su patria no les ofrecía un futuro medianamente potable.
Ya no se trata de atraer brazos y/o cerebros para poblar el país y hacerlo producir. Desde hace unos años, de lo que se trata es de atraer capitales sin importar los antecedentes ni los propósitos del inversor. Y sin que importe que los uruguayos sigan el éxodo.
Hoy la sangría no se ha detenido. Por oleadas, a impulsos que responden por lo general a situaciones particularmente críticas, los uruguayos (y fundamentalmente los jóvenes) se preocupan por obtener el pasaporte más que la credencial. Y muchos de esos jóvenes que se forman en nuestra Universidad lo hacen pensando ya de antemano en emigrar a tierras lejanas donde desarrollar sus conocimientos y progresar económicamente.
Inexorablemente, a medida que las cifras e indicadores van confirmando la «sensación térmica» percibida por todos, revelando un panorama sombrío y sin perspectivas, debemos asistir al triste espectáculo de las colas de jóvenes intentando obtener una visa, buscando en otras latitudes lo que su tierra les niega.
No deja de ser llamativo que al tiempo que los índices de desempleo se mantienen más o menos incambiados, el empuje migratorio también se mantiene. Hay, sin duda, aspectos subjetivos que cuentan y mucho en la decisión de emigrar. Y uno de ellos es la desesperanza, el descreimiento, que ha ido ganando poco a poco a la juventud. Una juventud condenada a oír mensajes optimistas y promesas de reactivación sistemáticamente olvidados o traicionados por la realidad brutal, que se ocupa de desmentir esa quimera.
Han transcurrido veinte años durante los cuales, con pequeñas variantes, quienes han tenido en sus manos la conducción de los destinos nacionales no se apartaron ni un milímetro de las recetas impuestas desde los centros de poder.
Con una tenacidad digna de mejor causa –y con una lamentable orfandad de iniciativas–, se han mantenido fieles al modelo excluyente y empobrecedor, y nada han hecho para detener la sangría humana.
Palabras engañosas y promesas que no se cumplen han sido la única respuesta de los políticos tradicionales frente a un fenómeno aterrador.
Es este otro desafío que enfrenta el gobierno progresista. *
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