La espiral de intransigencia

Las protestas argentinas por la instalación de plantas de celulosa en las cercanías de Fray Bentos no son de ahora.

Ya durante el gobierno del doctor Batlle, cuando se dio luz verde al emprendimiento –español primero y finlandés después–, el pintoresco gobernador entrerriano comenzó a lanzar sus diatribas y anatemas contra la industria papelera.

Desde entonces, Jorge Busti desarrolló una furibunda campaña que trascendió el ámbito provincial para transformarse en asunto de Estado para el gobierno federal argentino. De ese modo, hoy asistimos, estupefactos, a una situación prácticamente de bloqueo económico similar a la que sufre Cuba. Porque el asunto no se circunscribe a impedir que eventuales turistas argentinos veraneen en Uruguay, sino que los piquetes y cortes de rutas han interrumpido el flujo del transporte comercial. Es así que, como bien lo señala el senador Fernández Huidobro en su contratapa del pasado jueves, el país entero está siendo víctima de un acoso inusitado que toma la forma de sanción económica.

Se trata de una espiral intransigente que parece no tener límite y que sólo se explica por la soberbia y la prepotencia de quien se sabe más fuerte. Un comportamiento propio de compadritos más que de malevos, que no ha hecho sino alimentar odios, generar problemas, instalar conflictos.

Desde que el ser humano empezó su actividad industrial, el equilibrio ecológico y la calidad del ambiente empezaron a sufrir las consecuencias de esa actividad.

Fue sobre todo a partir de las máquinas movidas por vapor generado por calentamiento del agua mediante la combustión de carbón, que se empezó a contaminar la biosfera (además de los horrores de la explotación de hombres, mujeres y niños). No hay más que ver los grabados de época (excelentes aguafuertes, por otra parte) que muestran chimeneas humeantes de fábricas y locomotoras para advertir que allí empezó la degradación del planeta; se extraía combustible no renovable de las entrañas de la Tierra y se llenaba el aire de humo y hollín.

Han transcurrido más de doscientos años y, adelantos tecnológicos aparte, seguimos prácticamente en lo mismo: ya no es carbón sino petróleo lo que se extrae y se quema, pero los efectos son similares o peores: el monóxido de carbono envenena la atmósfera y causa el famoso efecto invernadero, responsable del recalentamiento del planeta.

Sostienen los ecologistas que veinte mil fraybentinos podrían ser perjudicados por la emanación de ácidos y gases tóxicos. Según estudios de médicos y biólogos, las emisiones de ácidos sulfurosos y nitrosos producen la lluvia ácida, lo que perjudica los plantíos y atenta contra el ecosistema y la salud humana.

No obstante, desde que asumió el gobierno actual, ha sido preocupación permantente de las autoridades competentes que las empresas a instalarse cumplan al pie de la letra las convenciones internacionales y todas las normas referidas al control de emanaciones y de producción de desechos tóxicos.

Desde el presidente Vázquez (un científico reconocido) hasta los jerarcas del Mvotma (recordemos el perfil profundamente humanista del arquitecto Arana), las autoridades nacionales ofrecen la mejor garantía para que las industrias a instalarse en Fray Bentos no produzcan más contaminación que la razonable o la que puede esperarse de cualquier fábrica.

No debemos caer en falsos dilemas. Debemos rechazar la dicotomía falaz entre desarrollo y crecimiento por un lado y contaminación por otro.

Es perfectamente posible llegar a un equilibrio que permita el desarrollo productivo sin dañar el ambiente ni la salud de la población. En esa tesitura está el gobierno uruguayo, con una postura sensata, prudente y firme a la vez. *

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