Sanguinetti: una reprimenda pesimista

Un nuevo estandarte ideológico-propagandístico flamea a la cabeza de las huestes oficiales. El mensaje televisivo de fin de ano del presidente de la República, tuvo una audiencia muy importante. Por si ello fuera poco el diario El País le publicó un extenso reportaje en esos mismos días y de inmediato diversos columnistas y la propia publicidad oficial se sumaron con entusiasmo al centro temático y político expuesto por el doctor Sanguinetti.

El primer magistrado es reconocido por la sutileza de su pensamiento, por la densidad de su razonamiento político, y por lo tanto debemos suponer que meditó muy bien, concienzudamente y profundamente el tema para su mensaje de fin de siglo y de augurio para el último tramo de su mandato.

Nadie ha desmentido que el doctor Sanguinetti tiene serias aspiraciones de ser nuevamente candidato a la Presidencia dentro de cinco anos: por ello y con más razón debemos pensar que ese mensaje era y es el primer peldano del recorrido para retornar al 7o piso del Edificio Libertad. Eso refuerza nuestra tesis de la cuidadosa selección del tema político central en esos mensajes.

?Y cuál fue el eje central de todo su discurso? ?Acaso las perspectivas que la nueva sociedad de la información y el conocimiento abren para el país y su gente en el nuevo milenio? ?Un nuevo aporte sobre la globalización y la necesaria apertura comercial y económica del país de acuerdo a su visión? ?Dedica tal vez una palabra de aliento, de esperanza, de comprensión, de parte de la más alta investidura del Estado hacia sus conciudadanos en momentos difíciles y complejos?

Nada de eso. Fue esencialmente una dura reprimenda pública por el pesimismo congénito e irredimible de los uruguayos.

Es un tema recurrente en él. Ya había aludido al pesimismo de la intelectualidad uruguaya, en el prólogo de un libro recientemente editado por el diario El País.

«Este dibujo abocetado de un Uruguay renovado y en proceso de transformación, suele no encajar con el espíritu escéptico que reflejan la prensa y los círculos académicos e intelectuales. Desde la llamada generación literaria del 45, que hizo cuestión de combatir el optimismo conformista del Uruguay de los 50, se vio crecer como una lenta marea, una visión muy crítica». Escribía Sanguinetti en «Uruguay, lo mejor de lo nuestro», Tomo 1.

Los uruguayos atacados por esta aguda enfermedad del pesimismo crónico no somos capaces de ver los grandes éxitos, los progresos y avances logrados en estos últimos quince anos en particular durante el actual gobierno. Y menos aún advertir que estos progresos sólo han sido «enlentecidos» por factores totalmente externos a la voluntad de los hombres y mujeres que pueblan estas tierras, como la crisis de Brasil, el tequilazo, la baja de los precios internacionales de las materias primas y ahora, por la sequía que nos agobia.

Los uruguayos somos pesimistas y desagradecidos. Sólo así se pueden explicar los bajos índices de aprobación de la gestión de este gobierno y la alta votación de las fuerzas de oposición, en particular del EP-FA y del doctor Tabaré Vázquez. Es el mensaje implícito en todo eldiscurso del doctor Sanguinetti.

A lo largo de la historia el poder ha enfrentado muchos peligros. Pero ninguno peor que la soledad. El coro uniforme de los que aíslan a los gobernantes de las realidades cotidianas de sus gentes, ha sido siempre una de las mayores acechanzas para los que ejercen el gobierno.

Los uruguayos no somos pesimistas. Tampoco somos optimistas, ciegos e irresponsables. Somos críticos. Tenemos un profundo sentido de la ética social y tenemos la buena costumbre de formularnos muchas preguntas, siempre. Estos ingredientes componen una parte importante de nuestra identidad nacional, son el resultado de un largo aprendizaje republicano, del ejercicio de formas de convivencia y de cultura propias y han sido el soporte de nuestra firme defensa de la democracia y la libertad y una barrera contra los atropellos del poder en anos oscuros y no tan lejanos.

Es paradojal que se hable de pesimismo, cuando los que votaron por el cambio en las recientes elecciones han sido sin duda los más jóvenes, los más educados y los más emprendedores de la sociedad uruguaya. Lo muestran todos los estudios sobre la composición del voto. Mientras que los sectores que votaron por las fuerzas tradicionales en el poder, es decir por la continuidad, son los de más edad y de menor nivel educativo.

!Qué país tan insólito éste! Los jóvenes son los pesimistas y conservadores, y no apuestan al futuro y los viejos están impulsados por un sentimiento transformador y optimista. No resiste el menor análisis, es simplemente un recurso, un atajo para evitar una explicación más profunda y seria de parte del oficialismo.

Hay que estar con el gobierno, compartir su rumbo, sus euforias publicitarias, las loas veladas o refulgentes de sus ideólogos. Ese es el optimismo que nos reclaman. En cambio, empenarse en construir nuevos rumbos, en producir la natural rotación de los partidos en el poder, aportar ideas nuevas, impulsos frescos y sensibilidades sociales diferentes, eso sólo puede estar animado por el pesimismo. Esta es la singular visión que flamea en la nueva bandera ideológica del oficialismo. Es una visión particular y peligrosa, porque niega la base crítica que ha movido todo el progreso de las sociedades.

Algunos propagandistas de este razonamiento, van más allá. Acusan a la izquierda y a las fuerzas del cambio de ser esencialmente conservadoras porque todas las referencias y sus análisis críticos se basan en una visión nostálgica del pasado, el síndrome del «Maracaná». Mientras que los sectores oficialistas son los únicos que proyectan su aguda mirada sobre el mundo real y sus nuevos retos.

Nuevamente: !qué país insólito éste! Más del 63% de los que tienen menos de 40 anos votan por las fuerzas progresistas, es decir por el complejo de «Maracaná» y los que tienen más de 65 anos votan por los supuestos visionarios del futuro que desde el gobierno han desechado –en aras de la modernidad– el complejo histórico que desde 1950 afecta al Uruguay. Difícil de creer.

Si además consideramos que entre los que tienen primaria incompleta el gobierno recoge más del 70% de los votos, este «sutil y fino» razonamiento sociológico del presidente resulta todavía menos creíble.

Pero el problema central no es la credibilidad de estas afirmaciones, que no se sostienen en otra cosa que en el intento del oficialismo de explicar por qué cinco anos después de su «refulgente» obra, sólo el 32% de los uruguayos la acompanan, y por qué en quince anos de gobierno blancos y colorados han perdido más de un tercio de sus votantes. La cuestión más relevante es que esta justificación bloquea el más elemental y básico sentido crítico y la menor voluntad de cambiar, evita interrogarse sobre los cambios profundos que se han producido en la sociedad uruguaya y las nuevas respuestas que está reclamando al poder.

La decadencia de los partidos tradicionales, es el resultado no de sus fracasos, o de sus errores, o de su incapacidad de dar respuesta a las necesidades y exigencias de la sociedad uruguaya de este nuevo siglo, sino de una patología cultural extendida y conspirativa: el pesimismo.

Pobre gobierno, que tras quince anos –y particularmente los últimos cinco– de maravillosos éxitos, ve comprometida toda su gestión y su imagen histórica por esa extrana combinación entre una memoria selectiva y enferma de la sociedad uruguaya, acostumbrada a mirar sólo hacia atrás, y no para el costado, es decir hacia nuestros vecinos latinoamericanos de infortunio y es alimentada por una persistente labor ideológic
a de parte de sus adversarios de la izquierda.

Cómo hizo la izquierda para deformar la percepción de la realidad de manera tan profunda, es un misterio. Y lo es más si se piensa que los grandes medios de información y comunicación de este país han estado alineados en el esfuerzo «optimista» del gobierno, incluyendo los generosos recursos de la publicidad oficial, ahora enfocada a sumarse a la prédica presidencial sobre el pesimismo congénito de los orientales.

Este es un país con buena memoria. Lo fue también cuando se aprobó la ley de «caducidad de la pretensión punitiva del Estado». Quienes creyeron que también se estaba aprobando un manto de olvido, se equivocaron profundamente. Tener historia –en las grandezas y en las miserias– es la base de la identidad y del encuentro de una nación. Y los uruguayos tenemos buena memoria. Si el oficialismo cree que éste es un síntoma de pesimismo, quiere decir que está destruyendo mecanismos importantes para comprender a la sociedad uruguaya. Y gobernar es, en primer lugar, comprender.

El otro síntoma de nuestro pesimismo –según la visión oficial– es que no aceptamos justificar los fracasos nacionales porque en otros países de nuestra querida América, las mismas políticas produjeron los mismos resultados, porque las mismas lluvias trajeron los mismos lodos. Nosotros seguimos empenados en construir una sociedad más equitativa, más dinámica, más justa, con una mejor relación entre hombres, mujeres y la naturaleza. Como dice Jospin, aceptamos una economía de mercado, pero no una sociedad de mercado.

Si el oficialismo insiste en que debemos conformarnos porque en Honduras, Haití o en Brasil viven peor que nosotros, es porque ni siquiera entiende el mecanismo por el que han progresado las naciones. El suyo sí que es un pesimismo histórico sin remedio.

Además del aislamiento en los vapores del poder, otro peligro ancestral acecha: es el de confundir el país con el propio entorno, con el microclima del palacio.

Es posible que el síndrome que nos atribuyen a los uruguayos, no sea más que una manifestación más del atávico miedo que el poder tiene de perder sus prerrogativas. Nosotros que desde siempre hemos estado en el llano, podemos decirles que con imaginación y empeno cívico no es una cosa tan grave estar en la oposición. En una democracia es una condición tan natural como la de gobernar.

El relevo en el poder hace bien, fortalece esa parte del organismo político –tan necesaria– que es la modestia republicana y el sentido crítico. Aumenta la vocación de servicio a la sociedad y disminuye los apetitos.

Eso sí: requiere una alta dosis de optimismo.

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