Apostar a la hermandad de los dos pueblos

Es saludable que reflexionemos, cuando estamos los uruguayos inmersos en una vorágine de enfrentamientos con un sector del pueblo entrerriano y la organización Greenpeace, sobre las razones profundas de un conflicto que nadie quiere.

En la vecina orilla se desconfía de la capacidad del gobierno uruguayo para manejar riesgos ambientales. Mal hace Argentina en adoptar una posición tan extrema, cuando se le han dado pruebas suficientes de que las cosas se están haciendo bien, que las empresas constructoras de las plantas de celulosa están utilizando moderna tecnología para evitar un desbarranque del ecosistema de la zona que las rodea.

Los riesgos ambientales son situaciones que se van dando, por supuesto, cuando un país pretende industrializarse, quebrando la etapa pastoril de la producción primaria. Hace muy bien el gobierno uruguayo en defender su decisión de que se construyan las plantas elaboradoras de pulpa de celulosa para lo cual, además, ha tenido el cuidado de exigirle a las empresas el más absoluto respeto del medio ambiente.

Sin embargo eso no alcanzó. Un sector de la población de Entre Ríos, al que se sumó la organización Greenpeace, comenzó a reclamar que se suspenda la construcción de las plantas, adoptando la estrategia de la movilización permanente con el corte de rutas hacia los puentes, determinando una situación que le está provocando a Uruguay una importante pérdida económica, sin olvidar que también son perjudicados exportadores argentinos, chilenos, etc., transportistas y trabajadores, que son retenidos en la frontera, en una medida que más allá de las razones esgrimidas, violenta el ordenamiento legal internacional. Una situación, además, que se ha ido enrareciendo cada día más, alargándose en el tiempo, lo que conspira también en una solución rápida del diferendo.

Las salidas cada vez parecen más difíciles, especialmente porque como en círculos concéntricos, lo que fue primero una causa vinculada a un sector de la provincia vecina, ahora está tomando otra dimensión. Incluso el presidente Néstor Kirchner no desmintió, ni lo hará, la afirmación que fuera publicada en la prensa en el día de ayer, de otorgarle un apoyo explícito a los manifestantes entrerrianos.

Además el gobierno argentino –es evidente– busca ahora la convalidación de ese antagonismo por parte del Congreso para llevar el conflicto ante el Tribunal Internacional de La Haya, con la pretensión de que los jueces adopten una medida cautelar reclamando que Uruguay resuelva la suspensión de la construcción de las plantas.

¿Cuál es ahora el camino para volver a la necesaria situación de paz fundamental para que los dos países piensen cómo ganar el futuro haciendo progresar sus economías para la felicidad de sus pueblos? Las respuestas no son sencillas, especialmente cuando parece desdibujarse el último recurso que aparecía como válido que era una reunión entre los dos presidentes. Si las posiciones son tan antagónicas, de nada valdrá un encuentro entre los primeros mandatarios, por más amigable que este sea, pues allí, las diferencias volverán a explicitarse y, en definitiva, lo que se logrará es cerrar para adelante las posibilidades de una solución consensuada de la situación que nunca debió llegar a los actuales niveles de tirantez.

Tenemos, todos, que reflexionar sobre el tema. Buscar colectivamente el mejor camino para que Uruguay pueda desarrollarse, acogiendo la inversión extranjera, dejando en claro que el gobierno progresista está dispuesto no sólo a asumir el manejo de los riesgos ambientales sino que, en este caso concreto, a establecer una vigilancia con Argentina sobre las plantas de celulosa, lo que es la consecuencia lógica de compartir – como ocurre – un recurso natural, como es el río Uruguay.

Un cauce de agua maravilloso que siempre unió a dos países, a dos pueblos entrañables, no puede ahora separarlos.

La historia habla de hermandad, de fraternidad. A eso debemos apostar. *

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