Por la razón y por la fuerza
Hace dos semanas culminó en Estocolmo el «Foro Internacional sobre el Holocausto» convocado por el primer ministro sueco con el cometido de combatir «las nuevas amenazas a la democracia y la dignidad humana como son el nazismo, el antisemitismo y la xenofobia». Concurrieron masivamente jefes de Estado y de gobierno, mayoritariamente europeos, aunque no faltó nuestro vecino Fernando de la Rúa.
La declaración firmada por los líderes políticos destaca la «el carácter sin precedentes del Holocausto (…) los horrores que azotaron al pueblo judío (…) y otras víctimas de los nazis… (la necesidad de que el mismo deba) siempre ser guardado en nuestra memoria colectiva… (luchar contra quienes) niegan su existencia… (promover la educación del mismo) en nuestras escuelas, universidades y comunidades… (incluyendo) un día anual de recuerdo… (todo con el objetivo de) arrojar luz sobre las oscuras sombras del Holocausto».
Como se puede apreciar, nada de borrón y cuenta nueva; nada de condenar a quienes tienen ojos en la nuca. Más bien, todo lo contrario.
Ahora bien: ¿Qué diferencia existe entre el régimen y la ideología políticos que dieron razón a semejante monstruo y las dictaduras que sufrimos los países del cono sur y que tienen en el general Pinochet a su máximo exponente?
Yo creo que solamente de número.
Entonces, ¿por qué ser tan iracundos con el primero al extremo de justificar secuestros internacionales para juzgar a funcionarios octogenarios de segunda categoría, sin ningún tipo de consideración jurídica referida a la territorialidad y el estado de salud del sátrapa, mientras se tiene todo tipo de contemplaciones y ya se ha preparado el camino para evitar el juzgamiento, en el caso del segundo?
Yo quiero aventurar con usted, algunas reflexiones.
El régimen nazi fue derrotado totalmente en la guerra. El tribunal de Nuremberg fue organizado, dirigido y resuelto por los vencedores, sin ningún tipo de negociación con los vencidos.
Uno de los pueblos que estuvo en el centro del exterminio construyó su país territorialmente y se fortaleció especialmente en la práctica de la guerra.
No ocurrió lo mismo con la vuelta a la democracia en el cono sur americano. Nadie ha reconocido la derrota, hubo negociaciones para la transición y esta última fue distinta en cada uno de los países. Es más: hoy, cuando ya han transcurrido más de diez años de la pesadilla, algunos se preguntan si hubo avasallamiento de las libertades o si se trató de un enfrentamiento entre dos ejércitos en cada país. Y en el caso particular de Chile, los que niegan las evidencias nos tiran por la cabeza con el milagro del despegue económico de aquel país en el período que perdió la democracia.
¿Debemos entonces resignarnos al olvido porque no tenemos la fuerza aunque tengamos la razón? Esta pregunta es importante –a mi juicio– porque, por ejemplo, sobre su respuesta afirmativa se nutre el discurso siempre coherente del doctor Sanguinetti.
Yo no me afilio a ese razonamiento. Lo considero peligroso, derrotista y cínico. Opino que hay reservas de humanidad y solidaridad en nuestros pueblos para buscar la verdad que ayude a cicatrizar las heridas de las familias de las víctimas, respetando la impunidad legal de las personas que ocasionaron ese dolor.
De esa manera, también, se reivindicará totalmente ante la sociedad la institución que tuvo en su seno a los culpables.
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