El cónclave de Santa Teresa
Detenidamente pusimos atención en todos los discursos pronunciados durante el Consejo de Ministros que se reunió en el Parque Nacional de Santa Teresa y de ellos resaltó con fuerza un hecho incontrastable: la satisfacción existente en la totalidad del gobierno por el crecimiento económico, producto de la mejoría del mercado interno y su apuntalamiento, el crecimiento de las exportaciones y la mejoría del poder de compra de los trabajadores, especialmente los del sector privado.
Sin embargo todos están contestes en que el camino recién comienza a recorrerse porque es necesario para el país revertir su actual nivel del desempleo del 12,2 %, cifra tomada a noviembre, que tendrá seguramente variables estacionales de diciembre y enero, para comenzar a crecer de nuevo a partir de fines de febrero y plenamente en marzo, por el incremento del paro que provocará el fin de la temporada de turismo que no tuvo el nivel esperado.
Este año para los uruguayos será difícil, lleno de incógnitas y plagado de dificultades, porque si bien el país se ha puesto en marcha, quebrando la postración en que estuvo sumido desde la devaluación brasileña de 1998, la tarea que queda es dificil. Revertir el proceso que culminó en la crisis gigantesca de 2002 y que determinó la liquidación de los bancos de capital nacional, que no tenían casas madre en el exterior, además de convertir al país en uno de los más endeudados del mundo –todo, por obra y gracia de la política de irresponsable dilapidación de los dineros públicos llevada adelante por el gobierno del presidente Batlle, que socializó el pago de la crisis–, desde que asumiera el año pasado el nuevo gobierno debemos destacar que el adecuado manejo de distintas variables de la economía, además de la mejoría en la capacidad de compra de los trabajadores del sector privado, se ha impulsado un crecimiento sostenido e importante con variables, como la inflacionaria, que se mantuvo en niveles ajustados. Sin olvidar, claro está, ese espectacular auge exportador que está determinando que se llegue al tope de la faena cárnica.
En el primer año de gestión se puso la casa en orden, se concretaron buenos acuerdos con los organismos multinacionales de crédito, pudiéndose lograr llegar a atesorar el tan discutido «superávit primario» de, nada menos, que el 3,5 del PBI, cifra que para el FMI es la base para que al país se le reconozca solvencia suficiente como para enfrentar sus obligaciones externas.
Todo ese proceso desembocará este año en el inicio del llamado «país productivo», cuyos lineamientos se anunciarán próximamente. Lamentablemente su elaboración no es tarea fácil pero su concreción es necesaria ya que es necesario que el país se meta ahora en una etapa de pujante desarrollo que lo catapulte y lo haga quebrar con algunas lacras, como los altísimos niveles de miseria (recordemos que persiste el millón de compatriotas que viven por debajo de la línea de la pobreza), y abata ese 12,2% de desocupación, que es una verdadera afrenta para todos los uruguayos progresistas.
Nuestra ansiedad es producto se debe reconocer de los anuncios que hemos escuchado reiteradamente y, además, porque entendemos que en el camino del crecimiento está el fin de los males que le aquejan al país, pese a que también sabemos que es difícil manejarse dentro del Mercosur, un intento defensivo y de supervivencia de países que avizoraron que su debilidad individual podía compensarse en una unión de intereses comunes. El Mercosur tiene un funcionamiento limitado, consecuencia de la inexistencia de reglas claras y compensatorias, lo que muchas veces ha determinado que no le haya servido al país. Porque, es evidente, que si no hemos podido vender arroz a Brasil y bicicletas a la Argentina y, para peor, ese acuerdo regional no ha hecho absolutamente nada en torno al conflicto con Argentina, cuando está claro que el camino de Uruguay es el correcto, porque más allá de que la industria que se instalará puede producir algunos niveles de contaminación como dice Rodolfo Terragno «si no se quiere vivir en una sociedad pastoril -dependiente de naciones industriales, capaces de administrar los riesgos ambientales y no renunciar a las fábricas- se necesita de reglas comunes que recorten los riesgos».
Y sobre ello debemos estar de acuerdo uruguayos y argentinos. *
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