Una luz al final del túnel

El conflicto con Argentina parece encaminarse a una trascendental negociación, del más alto nivel, que podría determinar un necesario punto final al enojoso litigio entre los dos países. Según algunas informaciones se afirma que de manera reservada se han comenzado contactos para sentar las bases de un encuentro entre los primeros mandatarios que, obviamente, será decisivo. Y, decimos nosotros, ni Vázquez ni Kirchner, pueden darse el lujo de que esa reunión no prospere en soluciones. Son demasiadas las cosas en juego y los roces concretados tan absurdos, que los primeros mandatarios no tendrán la alternativa del fracaso. Deberán acordar una salida definitiva al diferendo y lo acordado que, quizás le «caiga pesado» a algún sector, deberá cumplirse a rajatabla, pues la centenaria amistad de los dos países, con pueblos hermanados desde el inicio mismo de la historia, así lo exige.

No es posible, como sigue ocurriendo, que por una diferencia medioambientalista, se cortaran las vías de acceso al Uruguay en lo que significa una agresión inaudita que, de alguna manera, también contribuyó a perjudicar nuestra alicaída temporada de turismo. Pero, cómo no comprender desde este lado del río, que luego de los encendidos discursos de personajes como el gobernador Jorge Busti, exista mucha gente bien inspirada, preocupada por el futuro del medio ambiente de una zona, como la del río Uruguay, libre de contaminación.

Los lodos lanzados por ese insólito personaje se convirtieron en un barro espeso que, de alguna manera, es el que hizo estallar la movilización de los grupos «ecologistas» que cortaron las rutas en Entre Ríos. La dirigencia provincial entrerriana cometió el error del que no puede salir: movilizó a la sociedad para que no se levantaran las plantas, o sea pedir lo imposible. Y las plantas se levantarán, salvo que se interponga un problema de financiamiento externo o la decisión de las propias empresas.

Capítulo aparte merece la actitud de la organización Greenpeace, que envió a sus militantes rentados, bien equipados, con helicópteros y lanchas, para oponerse también a las obras que se realizan en Fray Bentos, cuando ya varias plantas similares funcionan en Europa, otras se acaban de inaugurar en Brasil, sin que esta ONG trabaje en contra de ellas con similar virulencia.

Plantas, muchas de ellas con tecnología más retrasada a las que se construyen en Fray Bentos, cuya existencia –lo debe haber comprendido el propio gobierno argentino– determina que sea impracticable la anunciada presentación ante el Tribunal de La Haya. ¿Qué ocurriría de hacerlo? Una de las consecuencia de esa controversia legal y de prosperar la tesis argentina, podría determinar la decisión de ese alto organismo juridiccional, de que esas plantas, instaladas en todo el mundo, debieran cerrarse.

Por ello, cuando llegan a nuestra mesa de trabajo noticias alentadoras que marcan un posible acercamiento al más alto nivel para concretar un camino común, es que vemos que el horizonte se comienza a reabrir, por más que nuestro gobierno deberá asegurar al argentino que se tomarán todos los recaudos para que las plantas no contaminen.

Ello es una concesión mínima ante un conflicto que de proseguir nos podría hacer perder a argentinos y uruguayos cosas que son fundamentales para los dos países, para los dos pueblos. *

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