Entender lo que se puede perder
Al parecer la preocupación del presidente argentino Néstor Kirchner es que el conflicto por las papeleras con Uruguay exacerbe los nacionalismos, multiplique la xenofobia y deshechice a sectores de la sociedad del país hermano que se han visto influenciados por una campaña tan desmedida como alejada de la realidad, a posiciones peligrosas. Como ya se ha manejado desde estas páginas, el increcendo de la encendida militancia, primero de los sectores supuestamente ecologistas y ahora de otros, innominados, de la población, está provocando una progresión de acciones, muchas de ellas totalmente ilegales y contrarias a las buenas relaciones entre los países, que deben preocupar a la democracia.
Se maneja ahora que Argentina propondría crear una comisión binacional de alto nivel para trabajar el tema ambiental y proponer que sus resoluciones sean llevadas adelante por los constructores de las plantas de celulosa y controladas, también, por los gobiernos, para así evitar toda posibilidad de lesión al medio ambiente. Si fuera así la propuesta y realmente se aplicara una política adecuada, de preservación del medio ambiente –como la que ya está manejando Uruguay– el conflicto comenzaría a desactivarse, las plantas se construirían y en esa zona del departamento de Río Negro comenzaría la producción de pasta de celulosa.
¿Pero será así? ¿No ocurrirán imponderables? Hay hechos que están ocurriendo en este mismo momento, como la actitud de la Gendarmería argentina de no cumplir con una orden de un juez, de que sean liberados varios transportes, que hacen dudar de las buenas intenciones del gobierno de Kirchner.
Además, en contraposición, están los grandilocuentes y arrebatados anuncios de los activistas que en la frontera han afirmado que no dejarán pasar a ningún camión que transporte elementos para la construcción de los emprendimientos.
Por supuesto que las declaraciones del presidente argentino han coincidido en el tiempo con las bravatas de los presuntos defensores de la ecología, por lo cual hay que esperar definiciones. Sobre el punto, empero, hay que tratar de visualizar un camino de armonía. Uruguayos y argentinos, muchos de ellos con las mejores intenciones, pero actuando al reflejo de campañas absurdas, fuera de lugar, manejan argumentos justos pero también disparatados, tremebundos.
Nuestro gobierno, manejando informes técnicos y poniendo en juego todo su prestigio, ha sostenido que las plantas no son contaminantes. Que se construirán utilizándose todas las medidas adecuadas para que ello no ocurra, pero que hay elementos que no se pueden modificar en el procedimiento, porque de lo contrario la pasta de papel que se produciría no sería de buena calidad.
Por supuesto que debemos confiar en nuestros gobernantes, en los técnicos nacionales y extranjeros que avalan esa afirmación, pese a que –como en todas las cosas– existe sobre los temas más de una biblioteca.
Por ello no es descabellada la nueva posibilidad de formar una nueva comisión, de alto nivel, cuyas decisiones deban ser acatadas, con el único cometido de preservar el medio ambiente. Si la salida al conflicto se puede lograr por ese lado, sería bueno caminar en ese sentido, porque lo que está ocurriendo en la actualidad no puede seguir adelante.
Hay que desactivar a los activistas que cortan rutas, a los militantes «ecologistas» de Greenpeace que ponen cepos en camiones y detienen, de alguna manera, el comercio entre los dos países. Es necesario llegar a acuerdos, para lo que parece fundamental que las partes piensen en lo que se puede perder que no es solo el buen aroma en la zona de las plantas, sino la tradicional amistad entre argentinos y uruguayos. *
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