El viejo fantasma de Brutus
Veinticinco parlamentarios del partido Liberal Demócrata inglés se arremolinaron alrededor de su líder, Charles Kennedy. Muchos pensaron que era para darle un espaldarazo aprobador. Pero a último momento, al mejor estilo senatorial romano, le clavaron una daga política mortal en la misma espalda. Hoy, Charles Kennedy es historia. Otra vez, cae un líder político con esa famosa frase entre sus labios, al dar su ultimo suspiro: «E tu, Brutus».
Los parlamentarios liberal-demócratas no estaban, obviamente, con ganas de negociar la caída de su líder. Obedecían las claras ambiciones eleccionarias personales y partidarias que los ubicaron como la tercera fuerza política del país en las elecciones del año pasado.
La destrucción de la carrera política de Kennedy debía ejecutarse rápida, eficiente y clínicamente. El traspaso del poder al futuro líder debía consolidarse a puerta cerrada, sin discusión y debía ser un ejemplo de bien aceitados engranajes en funcionamiento.
Pero el plan falló y lo que quedó después de la trifulca es un líder políticamente ensangrentado y solo moribundo. Las tuercas, manijas y resortes de la maquinaria del partido están en el piso hechos pedazos.
El partido Liberal Demócrata no sólo acuchilló a su líder. Se hizo un harakiri político. O, como dicen los ingleses más peyorativamente: «Se pegaron un tiro en el pie».
Todo empezó el jueves pasado cuando Charles Kennedy llamó a una conferencia de prensa. En ella admitió públicamente que durante el último año y medio había caído en el alcoholismo pero que ahora hacía dos meses que no tomaba un trago. También admitió que era necesario llamar a elecciones internas y decidir si él mismo debía seguir o no. Pero el complot parlamentario se adelantó a los acontecimientos.
La decisión del líder Liberal-Demócrata de ser honesto con su dependencia alcohólica había sido el resultado de intensas presiones internas desconformes con su trabajo y de los rumores sobre su propensión a empinar la botella.
Las pruebas al principio fueron sólo circunstanciales. Frente a las cámaras de televisión Kennedy se olvidaba de cifras importantes y tartamudeaba sin argumentos cuando tenía que mostrarse él mismo filoso como un cuchillo. En oportunidad de un discurso proselitista había sudado profusamente y, una vez por lo menos, no se había presentado a una votación importante en el Parlamento. Según allegados, había quedado en la cama hasta tarde, producto del exceso alcohólico de la noche anterior.
Durante meses Kennedy había negado que tuviese ningún problema con la bebida y en varias entrevistas televisadas estaba la prueba: «No tengo ningún problema con el alcohol», había dicho. Kennedy le había mentido a su partido, a la prensa, a sus seguidores y, lo peor de todo, se había mentido a sí mismo.
Pero en las huestes tradicionales del partido Liberal Demócrata ya hay muchos desconformes. El complot asesino no es la forma en que a ellos les gusta resolver divergencias internas. Durante años se enorgullecieron de hacer política con honor y diálogo fraterno, a diferencia de los laboristas y conservadores. La sangre en el piso está indicando lo contrario y no les gusta lo que están viendo.
Muchos parlamentarios estaban nerviosos. Hace tres meses irrumpió en escena como un rayo un nuevo líder conservador, el joven de 39 años David Cameron. Con enorme energía cruzó las Islas Británicas de costa a costa indicando claramente que su nuevo programa partidario iba a romper con la ya vieja ideología thatcheriana, ubicándolos al centro político nacional y sin temor a ideas izquierdistas antes tabú.
El laborismo monolítico conservador de Blair sintió el temblor. Pero para el partido Liberal Demócrata la irrupción de Cameron significó un terremoto que preocupó a muchos: hasta ese entonces eran ellos los únicos a la izquierda de Blair.
Kennedy pensó que era mejor quedarse quieto sin hacer olas durante su crisis personal. Pero en el dinámico mundo de la política inglesa «quedarse quieto» es un acto suicida.
El asesinato político de Kennedy es un triste fin para el líder que en 2003 había sido el único que había denunciado la guerra de Irak como un error. El partido Liberal Demócrata bajo su mando había votado unánimemente en contra de la invasión anglo-americana. En aquel tiempo fue un acto de enorme coraje político ya que la propaganda Blair-Bush había convencido a la mayoría de que Saddam era en verdad un peligro universal.
Gracias a la posición de Kennedy, el partido Liberal Demócrata obtuvo la mejor votación de los últimos 80 años. Hoy está considerado como la tercera fuerza política del Reino Unido.
Las consecuencias de la crisis interna son ahora incalculables. Con Cameron y el laborista Brown al otro lado del ring, pueden caer noqueados en cualquier momento.
Para los viejos partidarios, Charles Kennedy sigue siendo el más existoso líder liberal-demócrata de la posguerra: bajo su mandato alcanzaron la cifra máxima de 62 asientos en la Cámara de los Comunes.
Hoy, el partido está luchando por su credibilidad política y Charles Kennedy ya es historia. *
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