El valor de las herramientas educativas

Entre los numerosos puntos que deberán analizarse con suma atención en ocasión de abordarse el debate sobre la reforma educativa será preciso dar su justo valor a la novedosa herramienta informática, vedette indiscutida de una tecnología que embobece a todo el mundo.

Téngase presente que hemos empleado el verbo embobecer en sus dos acepciones: «embelesar, dejar bobo de admiración», y «volver bobo, entontecer», pues ambos efectos producen en las gentes ciertas maravillas tecnológicas cuya real necesidad es por lo menos dudosa.

Pero no es nuestra intención entrar a discutir ni menos cuestionar los avances de la ciencia que ya en el siglo XVIII dejaban boquiabierto al bueno de Monsieur Jourdain, el burgués gentilhombre que retratara Jean Baptiste Poquelin, más conocido como Molière. Pronunciarse contra el progreso científico y teconológico sería una actitud francamente reaccionaria.

Pero lo que sí parece un contrasentido y casi un despropósito mayúsculo es el deslumbramiento y la novelería de que fueron presa las autoridades educacionales de los gobiernos anteriores ante la vorágine comunicacional y cibernética del fin del milenio, al tiempo que exhibían una indiferencia criminal frente a la realidad de grosera insuficiencia material del sistema educativo.

Mientras los educadores –que seguirán siendo irremplazables por pantallas de ordenadores– debieron resignarse a seguir cobrando sueldos miserables y a seguir acumulando horas en liceos públicos y privados para subsistir a riesgo de sufrir un surmenage; mientras la capacidad locativa de los institutos de enseñanza impone que siga habiendo grupos superpoblados; mientras los jóvenes deben seguir fotocopiando textos porque hace ya años que se terminó el préstamo de libros; mientras los laboratorios siguen careciendo de materiales, la enseñanza por Internet fue presentada como la panacea.

Se han cantado loas a la rapidez –prácticamente una inmediatez– con que se recibe la información y se adora al nuevo dios de la enseñanza: los medios audiovisuales al servicio de la educación como forma de aggiornarla y de aggiornarnos a los ojos del mundo. Quienes así razonan parecen ignorar que desde la más remota antigüedad la enseñanza siempre fue audiovisual. ¿O acaso la voz del pedagogo con el apoyo gráfico de imágenes exhibidas no constituyen una forma de enseñanza audiovisual?

Y al mismo tiempo cabe preguntarse en qué medida el acceso a Internet puede propender a cultivar el espíritu de nuestros jóvenes, a enriquecerlos, a incorporarles valores humanistas, en una palabra a formarlos en serio y no a atiborrarlos de datos e información que aún no están en condiciones de procesar o de analizar para saber con qué quedarse y qué desechar.

Parece confirmarse que el objetivo perseguido no ha sido otro que adiestrar en vez de educar; formar hormigas disciplinadas, compartimentadas, aptas para determinada tarea, que cumplan cabalmente su función de engranaje en la maquinaria globalizada.

Por eso lanzamos un llamado de alerta. No se trata de reivindicar la enseñanza exclusivamente libresca, un defecto de que adoleció la educación uruguaya hasta fines del siglo pasado. Pero tampoco es cuestión de despreciar el humanismo en aras de «preparar a los jóvenes para el mundo de hoy».

Es preciso valorar en su justa medida las innovaciones tecnológicas y no dejarse seducir por la novelería. *

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