El Uruguay y sus dilemas
Aunque el Uruguay todavía presenta las mejores estadísticas de igualdad social en las Américas, refrendadas por las Naciones Unidas, lo cierto también es que la emigración hacia Europa (además de la que se decanta por los Estados Unidos) amenaza con reescribir la historia de genoveses y gallegos que en masa agotan la capacidad administrativa de las representaciones diplomáticas con la demanda de recuperación de ciudadanía o la solicitud de visados, permisos de residencia, trabajo, supervivencia, en fin.
Entre la baja natalidad y la emigración, voces alarmantes predicen la desaparición de la inexistente etnia uruguaya. La evidencia resalta que Uruguay se halla en un momento crucial de posible despegue o confirmación de la crisis que escandalizó a propios y extraños con el agotamiento del estado de bienestar fundado por Batlle y Ordóñez gracias a los réditos de la exportación de la lana, que garantizaba todo desde la cuna a la tumba.
En pleno impasse del Mercosur, después de la bofetada sonora propinada por el dúo formado por Kirchner y Chávez al ALCA de Bush, no podía haber llegado en peor momento el descubrimiento de enterramientos clandestinos de las víctimas de la represión. A los veinticinco años exactos (30 de noviembre de 1980) del enérgico NO con que los uruguayos rechazaron el ingenuo plan de los militares en perpetuarse en el poder, el descubrimiento de fosas de enterramiento recuerda la fragilidad de la variante uruguaya de legislaciones de «punto final», olvido, silencio, democratización condicionada. La llamada «ley de caducidad», por la que se intentaba garantizar la impunidad por los delitos de violación de derechos humanos, tiene todos los visos de no ser aplicada. No es casualidad el descubrimiento de los enterramientos clandestinos en instalaciones militares.
Aunque la semejanza con otros países latinoamericanos sea obvia y la pauta de la recuperación de la memoria histórica en Europa resulte familiar, la especificidad uruguaya es más aguda, porque las dimensiones del país favorecen que aquí todo el mundo se conozca (o se conocía). Además destaca el hecho de que la represión se cebó especialmente en los medios de comunicación y los intelectuales. En un país en el que esos sectores tuvieron una importancia impresionante en su evolución histórica, la incidencia de la dictadura fue muy honda, cruel, y difícil de borrar, a pesar del evidente pragmatismo de su dirigencia política actual.
De ahí que la supervivencia de un país acogedor, modelo antaño de eficiencia y justicia social, escrupulosa separación pública entre la Iglesia y el Estado, culturalmente avanzado, deba ser la preocupación de no solamente los países europeos que fueron su origen (España, sobre todo, y también Italia), sino de sus vecinos, y de los Estados Unidos. Arrinconar al Uruguay mediante decisiones duales entre Argentina y Brasil (aunque tan necesarias como la alianza entre Alemania y Francia en el conjunto europeo), optar por un arriesgado movimiento hacia Venezuela, no puede convenir a nadie. Lo que fue en su nacimiento un estado tapón puede surgir como clave de la convivencia latinoamericana, que a la postre es lo que más conviene a Bruselas y Washington.
Pero, claro, la decisión última la tienen los dirigentes uruguayos, para convencer a la ciudadanía acerca de la viabilidad del proyecto nacional, con esa difícil combinación de democracia, desarrollo, justicia y cultura que fueron modelo de las Américas. *
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