Los huesos de la verdad
No les alcanzó con arrancarlos del sueño reparador, violentar las puertas de sus casas y a punta de pistola llevárselos encapuchados delante de sus hijos.
No les alcanzó con romper todo, robar lo que podían meter en sus codiciosos bolsillos –hasta los juguetes de los niños– y apropiarse totalmente de sus vidas.
No les alcanzó con torturarlos, ponerlos de plantón durante semanas, ahogarlos en agua con caca o destrozarles los genitales con descargas eléctricas.
No les alcanzó con transformar seres humanos en entes deambulantes por centros de tortura y muerte, sustrayéndolos del mínimo camino legal, del mínimo derecho a una detención digna, a una defensa, a informar a su familia sobre su paradero.
No les alcanzó con mantenerlos prisioneros en agujeros inmundos de los que huían las ratas; no les alcanzó con violar a las mujeres, con arrancarles sus hijos, con venderlos como mercancías y montar el más horripilante comercio humano con el producto del vientre de compatriotas esclavizadas.
También tuvieron que matarlos y luego de matarlos enterrarlos, esconder sus restos para esconder su vergonzosa impunidad.
No les alcanzó con poner cal a sus huesos; no les alcanzó con tirarles encima una capa de cemento y rellenar el terreno, escondiendo toda señal, todo vestigio de su existencia.
Tuvieron además que profanarlos nuevamente, violar su injusta muerte para poner más muerte sobre la muerte y removerlos, sacar los huesos para luego quemarlos o molerlos y desparramarlos y rellenar con ellos el terreno de sus cuarteles, símbolos de genocidio y vergüenza para el país.
No les alcanzó tanta saña, tanta sed asesina para esconder la impudicia de sus actos y hoy, más precisamente el lunes pasado, las dos terceras partes del antebrazo de una mujer –presumible y entrañablemente mujer– aparecieron en la tierra removida para dar testimonio, para gritar con ve de voz, con ve de verdad, que no solamente la asesinaron y enterraron sino que más tarde la desenterraron para moler sus huesos y desparramarlos en un relleno en el campo del Batallón 13.
Qué horror. Verdaderamente, qué horror.
Los huesos de uruguayos como nosotros aparecen para contar la verdad de aquella masacre que el Estado usurpado por una banda de asesinos con uniforme militar perpetró contra civiles indefensos, avergonzando con sus crímenes al Estado que decían representar. La tierra generosa no fue cómplice del horror, y en sus profundidades, negras profundidades, la tierra resultó más noble que sus conciencias.
Los huesos aparecen para señalar claramente que estamos ante delitos contra la humanidad; los huesos aparecen para derrotar definitivamente la teoría de los dos demonios y para derrotar las conductas gubernamentales protectoras de los responsables de aquellos crímenes. Cuatro viejos calandracas, decrépitos, con jubilaciones de ex presidente, con botas y uniforme, no pueden seguir burlándose de la democracia de todos los uruguayos.
Hoy, a diferencia de los sucedido durante los últimos 20 años, se habla de indagar sobre lo que pasó, de la necesidad de saber la verdad, como derecho fundamental de las víctimas y de la sociedad, señala Serpaj en su último informe anual.
Que sea entonces la hora de superar definitivamente tanto horror, y que los huesos que hoy declaran desde abajo, desde la tierra, sirvan para alumbrar la verdad, para recomponer la verdad de su historia a los familiares y continuar pariendo una mejor democracia para el bien de todos. *
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