El papel del FMI
Después del sacudón causado por la decisión de los gobiernos de Brasil y Argentina de pagar la deuda con el FMI, agradecerle los servicios prestados y prescindir de sus consejos y cartas de intención (de mala intención), vale la pena recordar la opinión de Joseph Stiglitz, premio Nobel de Economía, sobre el papel del FMI, en momentos en que el presidente Kirchner empezaba a manifestar su propósito de desvincularse del organismo crediticio internacional.
El periodista argentino Martín Granovsky publicó una crónica en Página 12 –en el año 2003– en la que recoge el punto de vista del célebre economista sobre este tema de tanta actualidad:
«Dijo lo más duro con la sonrisa irónica de la que jamás se desprende y con suavidad: ‘Es mejor que el monitoreo no lo haga el Fondo Monetario Internacional’. (…) El elogio a ese criterio fue uno de los seis puntos con los que Stiglitz analizó la situación de la deuda. ‘La Argentina está manejando bien el posdefault. Y hace bien la Argentina en no centrar ahora la salida en la ayuda externa, porque en esos casos el riesgo es que esa ayuda no exista en la realidad y se trate sólo de dinero que sale de un bolsillo de Washington para ir a otro bolsillo de Washington’.».
Pero Stiglitz va más lejos aun: «‘el mundo libre no sirve para nada si todos los países no pueden acceder a los mercados con sus propios productos’ y ‘la globalización del mercado de capitales fue un desastre para la estabilidad’.».
Prosigue la crónica: «Sobre la Argentina pareció elegir una visión más sistemática, a tal punto que él mismo numeró sus opiniones.
Primera opinión, muchos pusieron dinero en la Argentina siguiendo los consejos del FMI y también sus gestos, como la invitación a Carlos Menem para que abriera una asamblea del Fondo en su carácter de mejor alumno del Consenso de Washington. (…)
Segunda opinión, hay que tener en cuenta la Doctrina Drago, elaborada por un argentino cuando Venezuela sufrió un bloqueo porque no había pagado todas sus deudas. ‘Todo prestador a un Estado soberano corre el riesgo de sufrir un default’, citó Stiglitz siguiendo el espíritu de Luis María Drago, el canciller de Julio Roca en su segunda presidencia. ‘Si prestás mucho, podés tener un problema, y si te pagan mucho es por algo. ¿Por qué se quejaron después del default? Antes había mucha ganancia porque había riesgo. No deberían haberse quejado’, concluyó el Nobel hablando ya no de un episodio de principios del siglo XX sino de comienzos del XXI».
Siempre refiriéndose a la situación argentina y hablando sobre lo bueno de escaparle al control del Fondo, decía Stilitz: «‘Está bien renegociar la deuda para que no vuelva a haber un problema en dos o tres años. Está muy bien atar la relación de la deuda con el crecimiento del Producto Bruto Interno, como sucede con algunos de los bonos argentinos. Y está bien quedarse en alrededor del tres por ciento de compromiso de ahorro fiscal’.
La última de las seis verdades de Stiglitz señala lo siguiente: ‘A veces hay quienes señalan que no hay que prestar dinero a los países en desarrollo porque los fondos se los embolsan los gobernantes. Pero el problema es más de fondo. Irak es lo mismo que el Zaire de Mobutu. Las dos eran dictaduras. Estaba mal prestarle a Mobutu y estaba mal prestarle a Irak. Lo esencial es que los Estados Unidos no debieron prestarles dinero a dictaduras. Y no me olvido de que también en la Argentina parte del problema original de la deuda surgió durante una dictadura’.».
Cuando alguien insospechable de adoptar posturas izquierdistas desnuda de manera tan clara lo que ha sido la papel que ha cumplido el FMI, huelga todo comentario de parte nuestra. *
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