La culpa la tiene el comunismo

Corría abril de 1976 y yo había hecho mis primeros pesos en México, vendiendo una enciclopedia. En esos días mis únicos ingresos eran cinco boletos de metro, que diariamente nos entregaba el gobierno, además de proporcionarnos habitación y comida en el Hotel Versalles.

Con esa venta me di el lujo de ir a un Burgers Boys (creo que así se escribe), donde servían unas horribles hamburguesas. De tan horribles que eran, aprendimos a comer picante, porque esa era la única forma de taparle el gusto a aquellos medallones de carne picada.

Recuerdo que en una de esas visitas a ese lugar de comidas rápidas, me encontré con una vendedora cubana muy estilizada y bonita.

– ¿Por qué se fue de Cuba? le pregunté.

– Por culpa del comunismo, me dijo con una amplia sonrisa.

– Yo también estoy acá por lo mismo ¿sabe? fue mi comentario, con la intención de hacerla entrar porque la verdad que la gusanería nunca me gustó.

– ¿No me diga? ¿Fue por el comunismo?

– Sí, me echaron de Uruguay por ser comunista, le dije sin animarme a mirarle la cara, mientras con dificultad masticaba aquel cacho de carne del que emanaba «fuego», gracias al chile habanero que le había puesto.

La mujer se apartó de la mesa como si hubiera visto al diablo, borrándose de inmediato su sonrisa. Yo no volví más a aquel Burgers Boys, aunque dos por tres pasaba frente a su puerta.

Si me acuerdo de esto es porque hace pocos días, mi amigo Marcelo me largó una pregunta, que seguramente es un vil plagio.

– ¿Contra qué luchan en Cuba? me preguntó.

– No sé, ¿qué querés decirme con eso?

– Te pregunto sobre cuál es el reclamo que la izquierda uruguaya le hace a Estados Unidos, referido a Cuba…

– Ah, que termine con el bloqueo, fue mi respuesta.

– ¿Para qué queremos que se termine el bloqueo a Cuba comunista? volvió a interrogarme Marcelo.

– Para que Cuba pueda comerciar libremente con el mundo, además de recibir inversiones, le respondí un poco molesto porque me sentía como un niño contestando preguntas de esos inspectores que van a las aulas, una vez al año.

– Pero ¿con quién particularmente quiere Cuba comerciar e intercambiar inversiones?

– Con Estados Unidos, especialmente con la costa oeste, manifesté dándome un poco de lustre, porque ya no soportaba la soberbia de Marcelo.

– Bueno, si esto es así, ¿por qué los comunistas uruguayos y algunos tupamaros no quieren firmar el tratado de inversiones con Estados Unidos? ¿No se están autobloqueando a ellos mismos y a nuestro país? me dijo, con cara de baboso.

– Entonces en los dos países la culpa del bloqueo la tiene el comunismo, le comenté, no sin antes considerar la posibilidad de que Fidel Castro se haya transformado en un pragmático desideologizado, atrapado por la cultura de gobierno, mientras los dos lanzábamos una carcajada propia de un coro desafinado.

De inmediato le conté lo que me había pasado con aquella cubana en el Distrito Federadle México, que vendía hamburguesas picantes. También le dije que la enciclopedia que había vendido era una verdadera vergüenza, porque el mapa de Uruguay tenía la forma de un cuadrado perfecto. Pero con aquella venta viví como dos meses, lo que me permitía ir todos los días a comer unos helados de ron, en la calle Londres. *

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