Fin del estatuto de servidumbre

Durante estas últimas tres décadas los empresarios se acostumbraron al estatuto de servidumbre impuesto por la fuerza de las bayonetas. Muchos empresarios cuarteleros tuvieron fácil acceso al crédito público, llegando a recibir subsidios por sus exportaciones, tal el caso de la industria del calzado, cuyos reintegros impositivos superaban el 25%. Bastaba declarar una exportación para que el complaciente Estado abriera su generosa faltriquera. Hubo de todo, zapatos expulsados por los sindicatos de EEUU, los cuales interpusieron un recurso argumentando que el «Estado uruguayo exportaba hambre». Los uruguayos jamás tuvieron calzados por siete dólares, pero gracias a los salarios de hambre, los subsidios de los «amigos del proceso», que aplastaron a los sindicatos con ferocidad, podíamos con éxito exportar nuestra miseria al mundo.

El proceso no sólo les molió los sindicatos a sangre y fuego. Les abrió los créditos, múltiples «emprendimientos», con declaración de «Interés Nacional», vaciaron al BROU, nos llenaron de chatarra industrial. Mientras el salario bajaba, año a año, los empresarios hacían brillantes negocios con el dinero de la banca pública, sea el BHU o el BROU. Luego, cuando vencían los plazos de gracia, cuatro o cinco años, se declaraban en quiebra y chau. Se acostumbraron a la irresponsabilidad total por un Estado que les dio hasta poder emisor de moneda, puesto que no otra cosa fue el invento de los cheques diferidos.

En fin, trataron a los ciudadanos como parias, sin derechos ni garantías. A la menor protesta, el despido o la cárcel, o ambos. Su voracidad hizo desaparecer el mercado interno, reduciendo a niveles africanos la capacidad de consumo de las clases populares. Si hoy tenemos un 14% de nuestra población expulsada del país y un 50% de los niños en estado miserable, se lo debemos a esta política que con pudor de desalmados, llamó «desregulación laboral» al estatuto de servidumbre instaurado por la fuerza en el país para su beneficio.

Hoy se escandalizan por un tímido proyecto de ley sindical. Los «negros se sublevaron», piensan con decimonónica mentalidad. Ahora salen los que vaticinan la debacle general, «no vendrán inversores con esta ley», dicen. Con ese criterio no habría inversores en Europa o Estados Unidos, donde existen leyes sindicales que garantizan los derechos de los trabajadores.

Industriales que requieran de mano de obra servil para prosperar no necesitamos. Para ello están los países de Asia, que no tienen como nosotros la inmensa fortuna de tener seis kilómetros cuadrados de las más ricas praderas del mundo por habitante. Nuestro estado de postración nacional se lo debemos a la miseria mental de nuestras clases dirigentes.

La revolución industrial no se hizo con créditos de bancos corrompidos por los amigos. No se hicieron ricos «atando perros con chorizos». Lo hicieron con ahorro e inversión de las ganancias. Cuando se dieron cuenta de que los esclavos no compran, decidieron abolir la esclavitud. También aprendieron que los obreros muertos de hambre no generan mercado interno y que sin mercado interno, no hay producción de escala para competir con aquellos que se valen de la esclavitud o de estatutos de servidumbre que se le semejan. Se debe terminar esta costumbre de levantar empresas con dinero del pueblo, vaciarlas y luego alzarse con la chatarra en nombre de la propiedad privada.

No peligra la propiedad privada con esta ley. Sin ella y otras que necesariamente han de venir, vamos camino a Biafra. Sin ley puede hacerse más peligrosa la vida en este país, si no se pone coto a la irresponsable ambición de algunos. No se puede seguir ampliando la brecha, empujando a los mejores a irse. No teman ahora; teman cuando ese cincuenta por ciento de niños famélicos crezcan enloquecidos por los empresarios de la droga, llevando la guerra social hasta dentro de sus confortables casas, y los degüellen por monedas. Mejor que se los diga Emerson, pensador que supo conmover la modorra colonial del pueblo norteamericano, los instó a dejar de ver el mundo como enanos mentales, en la puerta de un gigante y rico continente, en donde estaba todo por hacer. Vale para nosotros hoy como ayer:

«Todos los viejos abusos de la sociedad, universales o particulares, todas las acumulaciones injustas de propiedad, de poder, quedan vengadas del mismo modo. El temor es un maestro sagaz, el heraldo de toda revolución. Sabe una cosa, y es que hay algo corrompido allí donde él se presenta. Es un cuervo husmeando la carroña, y aunque no veáis todavía por qué se cierne en tal paraje, allí hay la muerte. Nuestra propiedad es timorata, nuestras leyes son tímidas, son medrosas nuestras clases dirigentes.

Hace tiempo que el temor, gesticulante, zumbón, profético, se cierne sobre el gobierno y la propiedad: este pájaro obsceno no permanece allí sin objeto. Indica que hay grandes injusticias que reparar». *

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