Parasitaria y monopólica intermediación
La distorsión en Montevideo de la distribución de diarios por la existencia de una intermediación parasitaria que se mantiene en funciones desde hace años en base a recursos más bien inconfesables, muestra que en la actividad coexisten los trabajadores (canillitas), quienes en el calor del sol o bajo la lluvia, en verano o en invierno, abren sus puestos de venta haciendo realidad la libertad de prensa que tiene una de sus patas apoyadas, obviamente, en la correcta distribución de los productos.
Los otros (canilludos) mandan a sus peones, a sus jefes de venta, a sus sucursaleros a realizar la tarea de intermediación, mientras ellos amasan fortunas sin trabajar, metidos en sus camisas de seda que no les disimulan la grasa que le sale por los cuatro costados, alhajados con cadenas de oro, relojes de marca, o transportándose en sus camionetas 4×4, haciendo ostentación de una riqueza que es producto de una actividad parasitaria y por lo tanto prescindible.
Claro, estos personajes de alguna manera subsisten no sólo por ser «pesados», por actuar con el revólver a la cintura o resolver sus asuntos a los golpes o metiendo bala. Tienen peso –no sólo por el volumen y el peso de su cuerpo– sino porque además están vinculados con algunos centros de poder que debieran ser investigados. Pero, como dice Manolo Flores en una nota publicada en LA REPUBLICA, uno de los deportes nacionales es silbar mirando para arriba, dejando que algunas obscenidades de la vida cotidiana continúen presentes sin que nadie haga nada. Una actividad dañina que se mantiene por ese «dejar hacer» de los que dejan pasar a estos personajes con los que conviven en extramuros, sin intentar poner coto nunca a sus actividades parasitarias..
Que algunas lacras sorprendentes se mantengan en el país, en subsuelos de instituciones que deberían ser señeras, pero que hoy tienen como característica ese ambiente vicioso de un submundo que hasta la Policía debería investigar por su clandestinidad, y cantinas donde violadores de los derechos humanos, tras el alcohol, esconden sus vergüenzas.
Con la resolución del mal llamado Sindicato de Canillas de no distribuir LA REPUBLICA en los quioscos de Montevideo, se está violentando, obviamente, el ordenamiento legal que establece la vigencia de la libertad de prensa y expresión. Claro, al señor Espert eso no le importa, pues entiende que los temas se resuelven así, con la violencia de medidas de fuerza, tratando de imponer su voluntad y tratando de lograr un juego de complicidades de ese círculo de influencia en que actúa. Una acción tomada entre gallos en medianoche, en un club de pesca, cuando con un grupo de personas participaba de una fiesta, tomando y comiendo copiosamente, como es su característica. Una medida irresponsable, por la magnitud ética de la misma, pero además inconsulta, porque a este señor no le importó conocer la opinión de los vendedores de diarios, a los que dice presidir, que se han visto claramente perjudicados por tamaña acción de censura que quiebra elementos esenciales del ordenamiento democrático.
Luego vinieron las amenazas y los amedrentamientos. LA REPUBLICA, obviamente, también actuó. No podía quedarse callada e inactiva ante la agresión del matón que ahora no debe saber cómo salir del corral de ramas en que se introdujo por soberbia y desubicación. En pocas horas se armó una «cadena solidaria» que salió a vender el diario por toda la ciudad, miles y miles de ejemplares que llegan a los ávidos lectores de diarios que llegan a algunos puntos por el esfuerzo de personas que se acercaron a LA REPUBLICA y que, en una relación comercial directa (empresa periodística vendedor), hacen realidad un nuevo mecanismo de distribución, mucho más transparente, en que quedaron de lado los intermediarios parásitos, esos canilludos, que siempre han lucrado con el esfuerzo de los demás.
Sin lugar a dudas ha llegado la hora de adoptar las medidas adecuadas para defender la libertad de prensa y el derecho a la información. Como muy bien dice Fasano, no existe ningún derecho a estar informado, cuando comprar el diario sale lo mismo que el precio de la afiliación al sistema mutual. Por ello la de la prensa, en términos generales, es una actividad languideciente. El esfuerzo que realizan las empresas y sus periodistas, además todos los elementos logísticos que deben ponerse en marcha en esta actividad, no se plasma en niveles de circulación adecuados. Por supuesto que ello no ocurre sólo por el fracaso de concepciones editoriales o de líneas periodísticas. Pasa porque, más allá de otras consideraciones, el precio de tapa al que se vende un diario es inadecuado para la realidad uruguaya. ¿Es posible que nuestra prensa sea la más cara del continente, cuando no del mundo?
Hay que buscar una solución a este asunto para posibilitar que los diarios lleguen a todos, incluso a los hogares más humildes. Porque son elementos culturales, porque son fieles testigos del presente y construyen la historia, apuntalando el futuro. Uno de los caminos es, por supuesto, terminar con la intermediación parasitaria. Que el señor Espert se quede con sus otros negocios, los de su submundo, con sus cadenas de oro, con sus Rolex y sus 4×4, pero que deje de intervenir como factor distorsionante en una actividad que debe ser transparente, en que todos sean favorecidos y no con sectores que se llevan la parte del león, mientras toda la actividad se reciente. *
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