En defensa de la soberanía de las patrias hermanas
Me parece espléndido que los gobiernos uruguayos, sean del signo que sean, de derecha o izquierda, blancos, colorados o frentistas, aspiren a ser «adalides» de la paz y la justicia social. Macanudo. Pero como nacionalista, el primer principio a tener en cuenta, es el respeto a cualquier soberanía y con más razón, las referentes de hermanas continentales. Respetar para ser respetados.
Porque además nuestros orígenes nacionales no fueron por cierto naturales. O sea, no somos el caso de identidades raciales, culturales, religiosas o históricas ancestrales, que en el transcurso de los milenios o centurias presionaban o lucharon en pos de un territorio, patria o libertades que se impusieron contra viento y marea de realidades políticas mundiales de la hora.
Por el contrario, aprovechando realidades coyunturales inglesas, que desando la paz en estos lares a los efectos de colocar sus producciones y llevarse las riquezas de la zona lo más «regaladamente» posible, comercio imperialista o explotación lisa y llana, necesitaban el tan mentado «estado tapón» que separase los monstruos futuros, Brasil y Argentina, evitando confrontaciones incómodas y retardatarias de sus lucrativos intereses. Está claro.
Lord Ponsomby, un «gordito» diplomático talentoso inglés, especialista en esos menesteres, (supo también armar con idénticos fines el estado belga en el corazón de Europa) les brindó la oportunidad a nuestros héroes a los que se les facilitó la inoculta intención desarrollada en el tiempo y que culminó brillantemente en la gesta de los Treinta y Tres. O sea, al margen de los matices más o menos patrióticos del origen «celeste», carecemos de los argumentos, aunque en mí puedan aparecer redundantes, que esgrimen los vascos, irlandeses, chechenos, judíos, árabes, etcétera, de raíces milenarias, que dan contundencias éticas a las existencias y aspiraciones soberanas y libertarias de los mismos.
Estamos obligados hasta por razones egoístas prácticas de sobrevivencia, respetar y defender las soberanías de nuestras hermanas todas y las «chicas» como nosotros, por mayor sentido común.
Si la ansiedad y el denuedo de alcahuetear al Imperio tuviese ribetes hasta de insospechadas «sexualidades» que hagan imposible evitar los «requiebros y piropos» yanquis, mucho más digno que intervenir en Haití, sería ofrecerse a pacificar y «ayudar» a la justicia social y depredaciones petroleras que sufren Irak, Palestina o Afgania.
Allí sí, es mucho más necesaria, humana y financieramente remunerada, no caben dudas, para que nuestras tropas vayan no solo a arreglar «enchufes y tomacorrientes» en los hospitales, sino a salvar vidas que se inmolan por la libertad y soberanía árabes. ¡A que no agarran viaje! A mayor abundancia, me tomó de sorpresa pero aumentó el respeto que yo tenía por él, aunque no tenga la misma ideología, ni pertenezca al mismo partido, el diputado Chifflet. Demostró honrada coherencia y dignidad.
Salvando distancias, en mis tiendas también hemos tenido buenos «dolores de cabeza» al oponernos en su momento a las identidades con las internacionales demócratas cristianas de Aznar, las acordadas con el FMI como los actuales tratados con el imperio sobre la que se me puede «perforar» la úlcera en cualquier momento, y el que mi gente termine volviendo a reiterar intervenciones en Haití. ¡Me está resultando muy fuerte! Estoy pensando en llevarles unos cartuchos blancos a las tumbas de Oribe en la Iglesia de San Agustín, a Leandro Gómez en la Heroica y a la de Herrera en el Central, en desagravio.
Que sepan que por estos «pagos» aun quedan blancos que opinamos que no vivieron y murieron el «ñudo». ¡Respetamos y veneramos sus luchas! ¡Vivan mis viejos blancos! *
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