Abonando la polémica sobre el aborto

Hace unos días en LA REPUBLICA, mi amigo don Julio Guillot, periodista de acerada pluma, incursiona sorpresivamente en el tema de la despenalización del aborto, sobre el cual es reconocido partidario. También es notorio que yo discrepo. Y se lo hice saber, enfáticamente. ¡Respóndame!, me incitó, «mojándome la oreja». Fue así, que para no quedar como «jodido» paso a replicar. El tema del aborto tiene una concepción filosófica sustancial. Su meollo es determinar si el primer óvulo concebido por el esperma masculino es un ser humano o si puede ser un esturión, lagartija o comadreja, por decir «algo». Y que me disculpe don Julio y los partidarios de la «conciencia del aborto» según ellos, es un ser humano, les guste o no.

En esa primera célula está incipiente, pero están, todos los elementos psíquicos y físicos que componen un hombre o una mujer. Seres humanos al fin. Inteligencia, sentimientos, medios a desarrollar (manos, piernas, ojos, etc.). Siempre he dicho que buena cosa sería que los defensores del aborto pudieran ver encima de una mesa quirúrgica, inerme, un pequeño feto recién muerto y por ende ensangrentado, de no más de 10 o 12 cm, con todo formadito, cabeza, boca, manitos y piernas, etc., órganos diminutos todos, pero en desarrollo, para después opinar y justificar un vulgar homicidio alevoso. Tan ser humano como puedo ser yo, don Julio o Ud. amigo lector, es esa célula original y primigenia de la cual se desarrolla si lo dejan, un ciudadano futuro y que pocos remordimientos o ninguno tienen por él de parte de los aborteros que la criminalizan.

Por supuesto que estoy de acuerdo con don Julio, que la penalización por dura que sea no tiene efecto disuasivo. Tampoco lo ha tenido ningún Código Penal por rígido e inflexible que sea condenando asesinados comunes, violaciones, robos y demás delitos. Por los Códigos Penales existen y son necesarios en un orden social organizado al que deben regir y sancionar. Macanudo sería que porque haya energúmenos asesinos y ladrones en el mundo inevitablemente, males desgraciadamente muy humanos, no se penalizaran por no poderse eliminar. Sería el caos.

Yo no soslayo –ni creo que nadie lo haga razonablemente– el que aparezca una criatura abandonada en una bocatormenta como cita con razón don Julio, y el hecho pueda evitarse por la aprobación de una fría ley. No es la primera vez que sucede incluso en países desarrollados donde no sólo no se castiga el aborto sino que hasta se regula y controla oficialmente. Don Julio recordará en la historia de abandono de bebés, en nuestro país la existencia de la «cesta» en la vieja «Gota de Leche» dependencia del entonces Ministerio de Salud Pública. Un vulgar «molinete» con dos cestas en ambos extremos que daban sobre la pared externa del instituto. Colocado el niño en la cesta se volcaba, quedando dentro para que el Estado se hiciera cargo. Se acompañaba con un cartelito exterior estrujante, que rezaba: «Tu padre y tu madre te alejaron de sí.. la caridad Divina te recibe aquí». Brutal. Pero realista. En lugar de matar o abandonar en la bocatormenta o en un baldío en las frías noches de invierno, se optaba por la «cesta». A título anecdótico se contaba que algún Presidente de la República en el pasado fue en su momento «hijo» de la «cesta».

Bueno es aclarar que no soy un loco que da como salida posible al abandono natal, la solución del molinete y los «cestos». Pero lo cierto es que de siempre se ha tratado de evitar el criminal aborto. O sea, sin perjuicio de los argumentos filosóficos o religiosos que por supuesto tengo, admitamos que el aborto es una realidad propia de la sociedad de consumo ayudado por un materialismo negativista que reniega del derecho a la vida del feto. Un ser humano al fin. Ni que mencionar la existencia filosófica del «alma» que cada embrión, feto o célula primigenia naciente o frustrada por criminal aborto, tiene. El único que tiene derecho a disponer de una vida humana es el «Patrón de Arriba». El argumento feminista de ser «dueña» de su cuerpo y por ende hacer lo que se le dé la gana con él puede ser discutible sobre su vida propia. Pero nunca sobre la de un tercero que es la criatura, que también es un ser humano y por ende un hijo de Dios. Con derecho a la vida igual que los padres. Se alega la imposibilidad de educarlo o mantenerlo. ¡Que no se le tenga entonces! Hay métodos aceptados por la Iglesia incluso, muy aptos al respecto. ¡Pero jamás matarlo! Don Julio señala que el condón o profiláctico que evita la concepción es también un crimen. No tanto, mi amigo. Aún aceptando que fuese el único método, que no lo es, no es lo mismo evitar una proyección de vida previamente, que matar una concreta, real y en plena formación y desarrollo. ¡Es diferente! Nadie, sin quitarle el fin superior de crear una vida nueva como logro sublime del hombre, le quita a la relación sexual el sentido del placer y la necesidad fisiológica natural. Ni tampoco el supuesto absurdo de sustituir esa necesidad por la solución del «aburrido» de Onás al que cita don Julio. El problema moral y de conciencia es el sentido que se le da al resultado y elección del mismo.

En la guerra civil española, el general Millán de Astray en la Universidad de Salamanca culminó un bárbaro discurso gritando: ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! El vasco Unamuno a la sazón Rector, respondió «que nunca había oído tan necrofílica y repugnante exclamación o pensamiento». Con excepción de don Julio que me consta es un humanista, el resto de los partidarios diversos del aborto y su despenalización, unos por dinero o vil metal, médicos, parteras y «madamas» y otros por materialismo ideológico frío o mezquino, no dejan de identificarse con el viejo general Millán de Astray. Los cristianos gritaremos en cambio por siempre ¡Viva la vida! *

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