La dignidad de Guillermo Chifflet

Alguna vez oí a un viejo dirigente decir que la política es una mezcla de ciencia y arte en la que cada actor debe poner lo mejor de sí para justificar ante la ciudadanía la concesión de la confianza que transitoriamente se le ha dispensado por parte del supremo. Ello, desde luego, pocas veces es tenido en cuenta. Alguna vez porque olvidan lo transitorio de la confianza y otras veces porque, decididamente, son malos actores.

Pero el escenario de la política sirve también para marcar diferencias y éstas son las que señalan además del talento de cada uno, la ética, el respeto, el humanismo y el desinterés material con que cada uno desempeña la función que se le asigna de acuerdo al compromiso asumido con la sociedad. Más allá de que quienes eligen a sus gobernantes, lo hagan en función de sus intereses, que muchas veces coinciden con los de la sociedad y otras veces, no.

La actividad política ha caído desde hace ya muchos años, en un descreimiento creciente. En algún momento triste de la historia, este descreimiento fue aprovechado por grupos que desde las sombras se adueñaron de la institucionalidad del país y los resultados fueron trágicos. De esos tristes momentos, la historia rescata a los que defendieron su compromiso con la Constitución, con el país, con la dignidad. Son los que vivieron o viven en paz con su propia conciencia. Son los que siguen construyendo un Uruguay mejor, son los maestros, son entre todos nosotros los mejores. Porque no es verdad que somos todos iguales. Por suerte hay muy desiguales. Son esos que todos los días siembran.

Tal vez no sea yo el más indicado, de los muchos que conocen y valoran a Guillermo Chifflet, quien haga un detalle pormenorizado de sus grandes virtudes como brillante periodista, gran parlamentario, estudioso tenaz de los problemas sociales más agudos de nuestro tiempo, demostrando como pocos su interés por la temática de la seguridad social, de los derechos humanos, del sistema carcelario y de muchos temas preocupantes que tienen que ver con el diario vivir de los uruguayos. Pero me basta conocerlo, saber cómo piensa y haber seguido su trayectoria parlamentaria para darme cuenta de que tal vez se puedan sustituir 98 diputados, pero Guillermo Chifflet hay uno solo.

Pero además me causa mucha tristeza el proceso de la renuncia del diputado que prefiere irse antes que renunciar a los principios que sostuvo desde siempre, es decir, algunos pretendieron que Chifflet dejara de ser socialista, aunque fuera por un rato y sin medir estaturas, le fueron a pedir un paso al costado «con el suplente en la mano».

Y Chifflet prefirió seguir siendo socialista y se fue, con aplausos verdaderos o falsos, pero descubriendo que en todos los lugares hay «enanos políticos» y el único irrespetuoso salió de debajo de una alfombra de su propia bancada para decir que, «el aplauso de blancos y colorados era una señal». Como vemos, en nuestra política no todo es una mezcla de ciencia y arte. Pobre hombre, tal vez no sepa que no agravia quien quiere sino quien puede, y para agraviar a Chifflet primero debería «comerse» las actas parlamentarias desde 1989 a la fecha. Y las versiones taquigráficas de la Comisión de Seguridad Social desde el 89 al 94 y también las de la Comisión de Derechos Humanos del 95 hasta hoy. Sería una buena forma de aprender a caminar por el Parlamento, además de seguir «haciendo mandados»… Si ello no alcanza, también se puede leer el fundamento de voto de la presidenta de la Cámara de Diputados, maestra Nora Castro, cuando se le pide que nomine a su candidato para presidir la Cámara el pasado 15 de febrero de 2005. Salud maestro Guillermo Chifflet, si hay deudas con la ciudadanía, quédese tranquilo que no son suyas. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje