Venezuela en el Mercosur
La acción del gobierno venezolano en el campo de las relaciones políticas y económicas sudamericanas y especialmente en el Mercosur viene provocando una creciente irritación en las cúpulas de los partidos tradicionales.
A las críticas formuladas por Julio María Sanguinetti y otros dirigentes colorados se suman ahora las del ex presidente Luis Alberto Lacalle, en términos tan copiosos, recurriendo a un menú tan extendido de argumentos de distinta índole que resulta difícil, hasta quizás completamente inútil, intentar desagregar los dichos del dirigente nacionalista.
En síntesis, no le gusta el presidente Chávez, una persona muy especial, dice.
Lacalle, durante cuyo gobierno se inició la experiencia del Mercosur conformada a partir del Tratado de Asunción, en su momento fue un entusiasta defensor del proyecto de integración y de los contenidos normativos contenidos en el Tratado.
Todo fue celebrado en medio de grandes manifestaciones de optimismo: se abría para Uruguay, decía Lacalle, un mercado gigantesco. Bastaba con «coser y cantar» para que llegaran a su fin nuestros padecimientos nacionales.
Lacalle no encontraba que tuvieran nada «especial» los señores Collor de Mello ni Carlos Menem, presidentes respectivamente de Brasil y Argentina. Una y otra vez aparecían fotografiándose juntos en una figura que parecía evocar los juegos infantiles de «A la rueda rueda». Un espectáculo inolvidable.
No se precisó mucho tiempo para saber qué clase de gente especial eran Collor y Menem, los más entusiastas privatizadores e inescrupulosos gobernantes de esta región por aquellos años. Poca gente le compraría, a cualquiera de ellos, un auto usado…
Ahora aflora también una alarmada advertencia acerca de los riesgos de instalar en el marco del Mercosur una instancia parlamentaria.
Eso amenazaría nuestra independencia nacional, sostienen.
La propuesta de avanzar en formas de integración política entre los países de la región ha sido impulsada desde hace bastante tiempo por distintas fuerzas políticas en el entendido de que la constitución de un organismo representativo constituiría un factor democrático de potenciación de los distintos acuerdos en materia de integración.
Ni la presencia de Venezuela ni la gestación de una instancia parlamentaria constituyen un peligro mayor para nuestra soberanía nacional que la situación que este gobierno ha heredado, en el que los condicionamientos económicos, financieros, comerciales, diplomáticos y hasta militares son fuertes y a menudo de difícil visualización por parte de la ciudadanía.
Cartas de intención, imposiciones financieras, geopolíticas y demás que surgen como de atrás de un árbol, elaboradas por «expertos» sin demasiadas condiciones para ser examinados por instancias representativas del país.
Por otra parte, la presencia del Presidente Chávez, impulsor de una política de integración regional original, sobre bases solidarias y latinoamericanistas, es un factor de estímulo para los acuerdos regionales que muchas veces naufragan por el peso de los intereses corporativos y nacionales.
Contra la presencia de Venezuela, como país socio, en el Mercosur no se ha esgrimido absolutamente ningún argumento racional: solo una suerte de insinuación de riesgos, de miedo difuso ante los daños que podría deparar a nuestro país el acercamiento a un gobierno latinoamericano que no practica ninguna de las políticas de subordinación al gobierno de los EEUU a las que en su momento se plegaron Sanguinetti, Lacalle y Batlle. *
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