Un tiempo de respeto y reflexión

Comienzan a aparecer los restos humanos de quienes todo indica son algunas de las personas hasta hoy consideradas desaparecidas, muertas por la insania de un puñado de homicidas, cuyas resultancias de sus actos estaban cobijados por el cómplice silencio encubridor de quienes increíblemente ahora, así de pronto comienzan a recordarlo todo, después de haber negado toda información consultada, o callado cuando a toda voz se desarrollaban las investigaciones hasta hace pocos meses en la Comisión para la Paz.

Es tiempo de respeto pero también de reflexión.

Porque la barbarie humana de un lado y de otro, sucedida en aquel tiempo, no tendrá jamás justificación, ni perdón, solo tiene la ciudadana transacción que un día y para siempre respecto de los hechos de su tiempo, acordó directamente la nación, sin más intermediario que las urnas en un caso y en el otro extremo dispuesta por la representación política de un Parlamento que le representaba libremente.

Y fue así para un lado y otro del conflicto, sólo para seguir adelante, sin olvidar y procurando avanzar en el cotidiano vivir y convivir, con el mínimo posible de justificado rencor de todos ellos. Los unos y los otros que del conflicto hicieron un recipiente y muchas veces una excusa para la crueldad y para poner de manifiesto la peor condición de lo humano.

No importa quiénes sean hoy o hubieren sido ayer, o puedan ser mañana.

Son parte de la misma baja condición humana, esa gente que se creyó con derecho a matar, a torturar, a secuestrar, a desaparecer a ejecutar o a sepultar clandestinamente a otras personas a quienes consideraron enemigas o fuente de información o testigos inconvenientes de sus actos, o enemigos de clase, o fuentes de recursos.

Ellos también saben muy bien lo que son y lo que han hecho, y más allá de caducidades o amnistías, de escondrijos ideológicos, o excusas políticas grandilocuentes, de absurdos snobismos revolucionarios, o de extemporáneas doctrinas de seguridad nacional cuando el Uruguay desde 1973 ya estaba tristemente asegurado por demás.

Son gente, toda ella, que mató a otra gente, sin la siempre opinable dignidad del combate, pero una forma ancestral de dignidad al fin, sino que fue fríamente ejecutada o pasadas del límite de resistencia física a la tortura, desde la cobardía del abuso de sus víctimas, sometidas al arbitrio de su insania, o a la ejecución continua de sepultar en vida largo tiempo en prisiones clandestinas subterráneas. Poco importa si era en el fondo de un aljibe o en la subterránea cavidad, eufemísticamente llamada cárcel del pueblo.

Otras víctimas fueron muertas por otras manos de signo contrario y descansan en paz en otros féretros. Pero en nuestra opinión, y en la de tantos, no hay discriminación en el dolor, ni justificación en las acciones de esos pequeños grupos de homicidas tan coetáneos como retroalimentados entre sí.

Ninguno queda afuera del estigma, se trata de quienes mataron con sus manos, de quienes ordenaron las muertes, de quienes planificaron cómo ejecutarlas en el sentido literal de la palabra ejecución, de quienes callaron hasta hoy mientras la sociedad desesperaba por saber y terminar de una vez por todas de cerrar sus heridas.

Esos que hoy de pronto recuerdan tanto, o escriben cartas anónimas dándole datos ahora a la misma persona que ayer nomás era protagonista activo de la Comisión para la Paz.

Nada recordaron o dijeron hasta hoy, justamente hoy cuando temen que fuera posible quedar fuera del alcance de la ley de caducidad y sin esa protección terminar en prisión.

A veces uno se pregunta entonces, quién sabe de cuánto más nos enteraríamos si hubiera riesgo de que hoy cayeran y quedaran sin efecto las amnistías concedidas también ayer al otro bando en pugna.

Será porque nadie actúa igual, cuando es sacado de contexto, fuera del tiempo, lugar y circunstancia, pero su condición no cambia. Lo saben ellos, y lo sabremos todos por mucho tiempo mientras dure la memoria, aún cuando algún día, quién lo sabe, pudiere llegar el olvido o el perdón.

Ese perdón aun pendiente de ser pedido de ambos lados, ese perdón pendiente de otorgarse aún por la memoria colectiva nacional.

El país un día decidió también abrir sus cárceles o renunciar al castigo de culpables conocidos, que no es poco, pero tampoco es nada más.

A los familiares nuestra respetuosa condolencia y nuestros votos para que después de tanta angustia acumulada, también ellos y ojalá que muchos más consigan reconstruir la paz de sus espíritus a partir de esta verdad tanto tiempo sospechada y hoy dolorosamente confirmada, como ayer lo debieron vivir otras familias con sus propios seres queridos, transidos por similar dolor.

Es un tiempo de respeto y reflexión. *

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