El camaleonismo de los plumíferos de la dictadura

El editorial de El País del domingo 4, referido al triunfo del No en el plebiscito del 30 de noviembre de 1980, es el más gigantesco ejemplo de cinismo e hipocresía, y el mayor intento de camaleonismo político de la historia nacional.

El País, que desde el día mismo del golpe de Estado hasta el fin del régimen fue el vocero de la dictadura, su servidor incondicional y lacayuno, que publicó y amplificó todas sus infamias contra los luchadores por la democracia, pretende ahora posarla de crítico de la dictadura. Durante más de once años reprodujo los comunicados de las Fuerzas Conjuntas, insertó las fotos de los requeridos, llamó a la delación, glorificó las acciones represivas, los crímenes, las torturas y los secuestros. Ahora habla de «la dictadura execrable».

En la mañana del 27 de junio de 1973 el doctor Daniel Rodríguez Larreta, en su condición de redactor responsable del diario El País, concurrió a la convocatoria del ministro del Interior de los golpistas, el coronel doctor Néstor J. Bolentini, y se comprometió a «no atribuir intenciones dictatoriales al Poder Ejecutivo». Lo sé porque yo estuve en esa instancia, como redactor responsable de El Popular. Y no sólo cumplió el decreto de rigor a lo largo de más de once años, sino que glorificó a los dictadores como salvadores de la patria.

Es más: el propio Daniel Rodríguez Larreta fue miembro del Consejo de Estado (que usurpó las funciones del Parlamento), nombrado a dedo por los golpistas y sin un solo voto. Otro hombre del riñón de El País, Enrique Viana Reyes, de turbios antecedentes macartistas, fue interventor de la Universidad (después de Edmundo Narancio, también hombre de El País) y representó a la dictadura junto a Bolentini en el debate televisivo con Tarigo y Pons Etcheverry, del cual por cierto fue excluido el Frente Amplio. A esto volveremos.

En ese editorial sin desperdicio se dice que «plumíferos no les faltaban» a los dictadores. Desde luego. Y en esa materia, El País primero siempre.

Afirma luego que «los militares, halagados sus oídos por los vaticinios de la corte de adulones…», etc. Falta agregar que El País dictaba cátedra en materia de adulonería, genuflexión y ramplonería ante el poder militar de turno. En la campaña por el plebiscito publicaba a página entera la propaganda mendaz de los golpistas deseosos de eternizarse en el usufructo del poder, complemento de aquellos jingles pegajosos que invocaban el progreso y la paz.

Dice luego que el régimen quería «constitucionalizar la doctrina de la seguridad nacional con su corolario orgánico de moda, el famoso Cosena». Tan cierto como que ellos fueron los ideólogos de esa doctrina, la difundieron y la ensalzaron, al tiempo que facilitaron la labor represiva de las Fuerzas Conjuntas.

Precisamente ahora, en un hecho de enorme trascendencia para la historia y para el futuro del país, acaba de confirmarse plenamente, con el hallazgo de varios cadáveres, que la dictadura torturó, secuestro, mató y ocultó cadáveres. Un conjunto de acciones que configuran la máxima expresión de la bestialidad desatada contra quienes, como ahora se revela, luchaban por la recuperación de la democracia. El País vivió durante esos once años de horror a la sombra de la ominosa dictadura.

Por este camino llegamos a la infamia máxima. Escriben: «El Frente Amplio estaba en estado de hibernación y creemos que ninguna directiva trasmitió a la ciudadanía. Lo propio dijo el señor Hierro López días pasados y nadie le retrucó».

¡Hay que ser canallas! El Frente Amplio, en el país y en el exterior, estuvo al frente de la lucha contra la dictadura. Regó con su sangre el árbol de la libertad, como se dijo en aquella época. Y no sólo eso, sino que además se esforzó por unir al conjunto de las fuerzas democráticas, de todas las vertientes, para acelerar el fin del régimen opresor. Que ahora se pretenda negar su participación por parte de quienes estuvieron al servicio de los torturadores y asesinos, excede todos los límites. Por lo demás, la referencia al discurso de Hierro López es reveladora en más de un sentido. Primero, porque éste habló ante un estrado constituido entre otros por Alberto Iglesias, seguidor de Pacheco Areco, que fue un soldado de la dictadura del principio al fin (véase mi artículo del domingo. «El último a la derecha en la foto»). Y segundo, porque en su mismo discurso Hierro López justificó a los pachequistas que votaron por Sí.

Esa es la tesitura ética de nuestros detractores y sus puntos de referencia. En esa misma edición de El País se inserta una nota firmada por Marcello Figueredo, estudiante en aquellas épocas, quien cataloga lisa y llanamente de fascismo a la dictadura, y opina que es preciso ingeniarse «para oler el fascismo a la distancia y decirle siempre, se vista como se vista, no, no y no. Una y mil veces «no». Eso le cae como anillo al dedo al propio diario El País, que fue el adalid del fascismo dictatorial. *

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