La justicia y el perdón
El título refiere a una cita que hizo monseñor Cotugno de Juan Pablo II, en una misa celebrada el domingo pasado en la que habló de la necesidad de rescatar la palabra de Jesús «que es la paz, la cual viene de la bondad y la misericordia», según sus dichos textuales, agregando luego: «Cristo ha seguido el camino de Dios para perdonar los pecados», para rematar con la cita del último pontífice: «no hay paz sin justicia y no hay justicia sin perdón».
Al mismo tiempo, se divulgó ayer un documento emanado del sector conocido como La Tercera Vía del Partido Colorado, en el que se exhorta a guerrilleros y militares a que pidan perdón al pueblo uruguayo.
En un sentido similar se pronunció el brigadier Enrique Bonelli, comandante de la Fuerza Aérea, al sugerir que se produzca un «sinceramiento», es decir que se conozca la verdad íntegra, sosteniendo que la dictadura y sus excesos son consecuencia y no causa.
Cada vez que se aborda el tema de las violaciones a los derechos humanos, y particularmente cuando se avanza en el esclarecimiento de algunos crímenes, emerge este tipo de llamados al perdón recíproco que implican la aceptación de la tesis de los dos demonios, que tiende a emparejar las culpas de víctimas y victimarios y resulta, por tanto, esencialmente injusta.
Desde el retorno a la normalidad institucional, los uruguayos han tenido oportunidad de conocer el pensamiento y acción de los guerrilleros tupamaros merced a infinidad de publicaciones (revistas, libros, entrevistas, reportajes) que tratan del tema.
El MLN ha hecho autocríticas profundas, ha reconocido errores y responsabilidades, actitud que ningún militar ha adoptado hasta hoy.
Esto es un hecho innegable, fácilmente verificable para cualquier ciudadano medianamente informado.
Por otra parte, pretender igualar con el rasero a guerrilleros y militares supone olvidar que los primeros –si bien recibieron el beneficio de la amnistía votada a comienzos de 1985– habían pagado con creces los delitos cometidos; los pagaron con cárcel, con torturas, con desapariciones, con la muerte.
En cambio, ni un solo represor (policial o militar) debió pasar jamás por los estrados judiciales pues la impunidad de que gozan les fue otorgada antes de que ningún juez pudiera investigar sus delitos.
Pero la tesis de los dos demonios se torna más perversa e injusta aun si pensamos que la inmensa mayoría de los crímenes cometidos al amparo del terrorismo de estado tuvieron como víctimas a opositores indefensos, militantes que luchaban contra un gobierno ilegítimo y antidemocrático; no eran guerrilleros sino ciudadanos que se rebelaban contra un régimen dictatorial.
¿Ellos también deben pedir perdón?
¿Son ellos uno de los dos demonios?
El derecho de rebelarse contra una tiranía está reconocido no sólo por principios rectores del derecho sino nada menos que por nuestro Himno, cuando dice en la segunda parte (que nunca se canta) «si enemigos, la lanza de Marte; si tiranos, de Bruto el puñal». Don Francisco Acuña de Figueroa pone en un mismo nivel el derecho de todo pueblo a defenderse contra un enemigo y el de tomar las armas para combatir a quienes usurpan el poder.
Todo intento de equiparar, pues, a represores y reprimidos, de confundir víctimas con victimarios, debe ser rechazado de plano pues no sólo atenta contra la verdad histórica sino que resulta profundamente inmoral. *
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