La caducidad de la desvergüenza

Como resultado del fin de la Segunda Guerra Mundial el mundo queda dividido en dos mitades o áreas de influencia. Tanto en la conferencia de Yalta (2/1942), unos meses antes de la rendición de Alemania, como el la de Potsdam, 17/07 al 2/08/1945 (donde entre otras cosas deciden la suerte del Japón, el 9/8, le tiran «la atómica») luego de producida ésta, los vencedores EUA y la URSS, se reparten el territorio alemán y configuran lo que se denominó «áreas de influencia». El mundo queda dividido en dos partes y da comienzo al largo período denominado «guerra fría».

Es en este marco en que los Estados Unidos propician en América el famoso Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR). En nuestro país gobernaba Juan José de Amézaga (1943-1947) cuando su canciller Rodríguez Larreta, inspirado por Washington, decide presentar su propuesta de Intervención Multilateral. Estados Unidos venía hostigando desde antes de la asunción definitiva de Perón en Argentina, a la que durante esa década trató como un enemigo, intentando un bloqueo continental a un país casi continental.

En ese ambiente de hostilidades contra la Argentina, el Uruguay propone la creación de una fuerza de intervención multilateral en aquellos países en los que existieran gobiernos no deseados por Washington.

Son los tiempos en que la diplomacia norteamericana habla del «caso argentino», como hoy lo hace con «el caso Venezuela», o el «caso Cuba». El «caso argentino» será resuelto luego que su propio ejército le declarara la guerra a su pueblo, bombardeando Buenos Aires, diez años después.

En el Uruguay las propuestas serviles de nuestro canciller son enfrentadas con dignidad por Luis Alberto de Herrera y su bancada. Los «blancos cagancheros» siempre respaldaban posiciones como las del canciller Rodríguez Larreta. Fueron los tiempos en que la diplomacia norteamericana buscó crear bases militares en Uruguay, en la Laguna del Sauce, tratando de crear un Gibraltar en las bocas del Plata. A la cabeza de la resistencia continental a los avances del imperialismo yanki se levanta el talento y la figura del doctor Luis A. de Herrera. Contrafigura de esa «diplomacia de descastados», como los llamaba él desde la tribuna y El Debate. Todo nuestro drama de la década infame de los «70», el genocidio americano, tiene su inicio en estas repartijas mundiales, que darían inicio a lo que se llamaría «guerra fría», en cuyo marco se elabora la «doctrina de la seguridad nacional».

Paso a paso, a partir del fin de la guerra, se va tejiendo la telaraña que convertiría a nuestros ejércitos en fuerzas de ocupación de sus propios países. Se dice que a la fecha unos 60.000 latinoamericanos pasaron por la famosa «Escuela de Las Américas», que desde su creación hasta la década del 80, funcionara en las bases militares en el canal de Panamá. Es en los finales de los cuarenta, cuando comienza este operativo destinado a unificar los ejércitos, adoctrinando a sus oficiales, y que daría sus frutos a partir de mediados de la siguiente década, cuando estos oficiales tomaran los mandos de esos ejércitos.

Ya vimos que fue nuestra cancillería la que tomó la iniciativa al momento de plantear la intervención multilateral, en aquellos tiempos destinada a agredir a la Argentina. Este apoyo civil local a la diplomacia norteña secundará todo este proceso militarista, luego serán los laderos y publicistas del llamado «proceso», y al momento de cambiar de estilo, se reciclarán democráticamente.

Por ello, no es de extrañar que el invento de la «caducidad de la pretensión punitiva del estado», sea casi una criatura de la intelectualidad caganchera. El ingenio de Gonzalo Aguirre acuñó lo de la «caducidad de la pretensión punitiva», un eufemismo para decir que se rendían ante «la lógica de los hechos», ante la violencia armada de los militares.

Por él, por sus amigos asesinados, por su honor, Wilson peleó por las excepciones a la impunidad, por ello expresamente las puso ahí. La impunidad era un hecho de fuerza, no podía pensarse que el cambio democrático apadrinado por Washington significara que el Departamento de Estado «tirara por la borda» más de cuarenta años de labor, entregando a los legionarios locales que tan esmerados servicios le brindaran. ¡No se levanta un imperio con ingratitudes! En su apuro por relevar a los militares, los «clubnavalistas» dejaron «subyacente o sobrevolante» la impunidad…

Le tocó a Wilson acotar esa impunidad. El que luego la ley se aplicara con los criterios de Sanguinetti y Lacalle, dejando a Wilson en ridículo, era previsible para quien conociera los pedigree de ambos. Pero esta ley de caducidad, con ese artículo cuarto, que el gobierno acertadamente trata de reglamentar, forzando su cumplimiento, es la mayor aproximación a la justicia luego del pacto del Club Naval.

La misma debe ser acompañada por todos los blancos con vergüenza en un homenaje póstumo a Wilson. *

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje