Para sellar la paz
La coincidencia del hallazgo de restos óseos supuestamente pertenecientes a una de las tantas víctimas del terrorismo de Estado cuando se cumplen 25 años del triunfo del No en el plebiscito convocado por la dictadura ha motivado diversas reflexiones.
El colega El Observador entiende que el hecho debe «alentar a todos los sectores involucrados a unirse en las condiciones que existen ahora, un cuarto de siglo después, para dejar en el pasado este tema doloroso y vergonzante».
En la misma publicación, una nota firmada por Alejandro Nogueira (preso de la dictadura durante ocho años), reflexiona: «La cuestión del cierre de este capítulo de la historia de Uruguay no es la cantidad de restos que se encuentren. Es dónde el gobierno, los afectados por aquellos hechos, y la sociedad toda van a decidir pasar la raya. (…) No sé si este gobierno sabe dónde quiere detenerse. No sé si los familiares de las víctimas tienen un monto de castigados con el que se declararán restañados. Además del gobierno, de los familiares, de las víctimas sobrevivientes, está el resto de la sociedad que quiere seguir adelante. Tras los huesos de Vega o de Chávez, hay que decidir el lugar del punto».
Con todo respeto por ambas opiniones –en cierto modo coincidentes–, nosotros entendemos que la cuestión pasa por otro lado. Aunque también consideramos que este doloroso asunto debe cerrarse de manera de poner todas nuestras energías a construir el futuro, creemos que las cosas no se resuelven dejando todo en el pasado y dando vuelta la página. Antes bien, por el contrario, pensamos que la única solución verdadera es averiguar todo lo posible, profundizar la búsqueda y fomentar por todos los medios la actuación soberana de la Justicia.
No se trata, como parece pedir Nogueira, de «decidir el lugar del punto», es decir de fijar una meta arbitraria, puesto que la meta, la única meta, es conocer toda la verdad, saber qué pasó con los asesinados y desaparecidos no sólo para llevar sosiego al alma de sus familiares sino para saldar una deuda con la sociedad toda; con esa sociedad que «quiere seguir adelante» pero que necesita certezas y soluciones justas.
Hace poco, cuando murió Wiesenthal, escribimos lo siguiente:
«Wiesenthal tuvo ‘ojos en la nuca’ y jamás se dio por vencido; jamás pensó en ‘echar un manto de piadoso olvido sobre un pasado doloroso’ ni en ‘dar vuelta la página’, porque siempre supo que sin memoria y sin justicia, no hay ‘punto final’ posible ni paz que pueda sellarse. A nadie se le ocurrió, tampoco, que los sobrevivientes de los campos de concentración se reunieran con los oficiales nazis para juntos proceder a un mea culpa y a un perdón recíproco, porque la idea de los ‘dos demonios’ jamás pasó por cabeza alguna.
En nuestro país, en cambio, la mayoría de los dirigentes políticos conservadores hizo suya esa teoría con total conciencia de su más absoluta falsedad. Tanto en el exterminio de judíos a manos de los nazis como en las desapariciones forzosas de que fueron víctimas los opositores a la dictadura, no hubo dos demonios sino uno solo».
El hallazgo de restos humanos pertenecientes muy probablemente a un militante antidictadura abre una expectativa auspiciosa en cuanto a comenzar a saldar aquella deuda. Que sea el comienzo de una nueva etapa de sinceramiento y de justicia. *
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