A un año de un hito histórico
Hace exactamente un año, los ciudadanos uruguayos decidieron, con su voto, un vuelco trascendente en la historia política del país. Por primera vez, en 174 años de vida como nación independiente, el electorado –el soberano– no eligió a uno de los partidos históricos para dirigir los destinos del país.
Dijimos en nuestro editorial del lunes 1 de noviembre:
«Después de 174 años de vida independiente y de 168 años de existencia de dos bandos rivales convertidos luego en partidos políticos (si tomamos la batalla de Carpintería de setiembre de 1836 como nacimiento oficial de las divisas) que supieron alternarse en el poder, un tercero excluido –una joven agrupación política que se ofreció como opción al electorado hace poco más de treinta años– ha merecido la adhesión de más de la mitad de los ciudadanos.
El doctor Hugo Batalla solía repetir que ‘este país cambia o se muere’. Advertía entonces (bastante antes de la crisis de la aftosa, del efecto tequila, de la devaluación brasileña y del crac argentino) de manera elocuentemente sintética el drama que vivía el Uruguay desde fines de los años cincuenta, cuando la crisis estructural apenas asomaba. Se trataba, en definitiva, de un llamado de alerta, una exhortación dirigida a un pueblo que parecía caracterizarse por su resistencia a los cambios.
Las dos colectividades históricas, si bien fueron adversarias en casi todas las contiendas electorales, en rigor no ofrecían al electorado opciones demasiado divergentes. Con excepción de los enfrentamientos armados protagonizados en el último tercio del siglo XIX y los primeros años del XX, los partidos tradicionales no propusieron dos modelos de país opuestos. E incluso es preciso acotar que ambas colectividades –por definición policlasistas– toleraron que en su seno coexistieran doctrinas y sistemas de ideas antagónicos; es el caso del riverismo conservador opuesto al batllismo progresista dentro del Partido Colorado y del herrerismo y las corrientes socialdemócratas en el Partido Nacional. Esta peculiaridad, debida a la sombra abarcadora del doble voto simultáneo, causó la atomización de los partidos tradicionales y el desdibujamiento de su perfil ideológico puesto que en ambos convivían un ala conservadora y un ala de izquierda.
Ahora bien, aun admitiendo que ese bipartidismo fuera más ficticio que real, más formal que de contenido, debemos reconocer que cuando en 1958 el Partido Nacional se alza con la victoria dando fin a la hegemonía casi centenaria de su rival, el hecho debe leerse como una apuesta al cambio de parte de la población. En esa elección la izquierda –encarnada en dos fuerzas orgánicas muy minoritarias, como lo eran los partidos Socialista y Comunista– no alcanzaba el diez por ciento del electorado.
El surgimiento del Frente Amplio en 1971, que aglutinó a los sectores más rebeldes de los partidos tradicionales y permitió una unión de la izquierda sin precedenetes, marcó un hito insoslayable en la historia política del país.
A partir de entonces, esa pequeña fuerza opositora y con vocación de cambio de verdad vino registrando un crecimiento sostenido hasta lograr el porcentaje abrumador de hoy.
De nada valieron las artimañas y argucias pergeñadas por la derecha para evitar lo ineluctable. Cuando se quebró el bipatridismo y la izquierda surgió como tercera opción, inmediatamente las fuerzas conservadoras plasmaron en los hechos un frente común en defensa de sus intereses espurios y contra los cambios que propugnaba el Frente Amplio-Encuentro Progresista. De allí surgió la reforma del sistema electoral que introdujo el balotaje y el candidato único, que sólo sirvió para postergar por cinco años el fin de una hegemonía centenaria».
Ha transcurrido un año de aquel triunfo histórico y ocho meses desde que asumió el nuevo gobierno. A pesar de las dificultades que ha debido enfrentar esta administración de izquierda, los altos índices de aprobación a la gestión gubernamental (la última encuesta de Latinobarómetro da 72 por ciento) son un aliciente para el gobierno. *
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