Sanguinetti y Pinochet

Señor Presidente: hablo para referirme a un episodio dramático, tanto, que me cuesta encontrar la forma de reflejarlo con verdadera fidelidad.

Cuando en Chile se desencadenó el temporal de sangre y muerte que empezó con la inmolación del presidente Salvador Allende, mártir de América, que cayó defendiendo su investidura popular, millares de ciudadanos fueron asesinados y otros millares, camino de la tortura y de la muerte, fueron encerrados en el Estadio Nacional de Santiago de Chile.

Entre esos prisioneros de la dictadura militar chilena había muchos uruguayos y fue en aquellas circunstancias que llegó hasta el embajador de Suecia en Chile, el Señor Edelstam, el pedido de que se ocupara de la suerte de los uruguayos, respecto de quienes se había organizado una verdadera cacería humana.

El pedido le llegó al embajador a través de una funcionaria uruguaya, horrorizada porque con frecuencia la llamaban a la morgue para reconocer cadáveres de ciudadanos uruguayos que habían sido detenidos en Santiago.

El hecho es que el embajador Edelstam fue de inmediato al Estadio de Santiago, atiborrado de prisioneros políticos, y presentando sus credenciales, dijo al responsable militar: «Tráigame a todos los uruguayos». No mucho después el señor embajador tenía frente de sí a trescientas personas. Eran uruguayos, compatriotas nuestros, en peligro de muerte. «Ahí están –dijo el militar al embajador– «son todos asesinos: tupamaros y comunistas». «Me los llevo a todos» –contestó el embajador Edelstam–. «En Suecia no tenemos y con las mujeres suecas darán unos hijos espléndidos».

De aquella circunstancia, cuyo dramatismo no es necesario subrayar, vale la pena rescatar un hecho, pequeño y grande al mismo tiempo. Uno de aquellos trescientos uruguayos, en diálogo ya con la tortura y la muerte –un compatriota, un conocido y meritorio militante sindical, de esos militantes sindicales tan vilipendiados por nuestra propia dictadura, llamado Roberto Prieto– se adelantó y le dijo al señor Edelstam: «Embajador: si quiere utilizar mi lugar con otra persona, puede hacerlo. Yo no voy a Suecia».

El no menos grande y generoso embajador, se acercó a Prieto y le dijo: «Yo quiero salvarle la vida; estos bárbaros lo van a matar; venga con nosotros, que del aeropuerto de Estocolmo usted puede irse al país que desee». Roberto Prieto se fue con el embajador y salvó la vida.

Pero en el grupo de aquellos trescientos uruguayos, prisioneros de Pinochet, había una señora gravemente enferma. Curbelo de Mirza. El embajador, enfrentando a una patrulla militar que quería apoderarse de ella por la fuerza la llevó directamente al hospital y allí cuidó personalmente que la dictadura no la secuestrara. Esta actitud del magnífico embajador sueco le valió que la dictadura «pinochetiana» lo declarara persona no grata y lo expulsara de Chile.

(Suena el timbre indicador de tiempo)

Ya termino. Esos trescientos compatriotas, como muchos otros uruguayos, llegaron a Suecia y ese hermoso país que ha sabido y podido aliar la justicia con la libertad –los dos términos inseparables de la ecuación que hace posible al ser humano en todas su dimensiones morales e inelectuales– los recibió como recibe a todos los perseguidos por las dictaduras…

Muchos de nuestros compatriotas son hoy técnicos, profesionales y profesores en Suecia.

Mucho más se podría decir de la actitud de ese embajador sueco, hoy retirado de la actividad diplomática. Creo que nuestro país le debe un homenaje, un gran homenaje, a este hombre excepcional que salvó la vida de centenares de compatriotas nuestros.

Solicito que la versión taquigráfica de mis palabras se envíe al Ministerio de Relaciones Exteriores a fin de que se estudie la posibilidad de invitar al ex embajador sueco, señor Edelstam, a viajar al Uruguay para recibir el homenaje que nuestro país le debe. Por lo pronto, yo, desde esta banca, le rindo, emocionado, el mío.

SEÑOR PRESIDENTE (García Rijo). Se va a votar el trámite solicitado (Se vota)

–Cuarenta y dos en cuarenta y tres. AFIRMATIVA.

EPILOGO

El diario «El Día» del 18 de setiembre de 1973, en un claro y categórico editorial, rindió homenaje al Presidente Allende y repudió la sangrienta dictadura pinochetista. Hoy recogemos de aquel editorial dos o tres párrafos apenas: «Carente de fuerzas para resistir, enclavado en una circunstancia sin aurora, Salvador Allende sólo muerto sale de la Casa de Gobierno. Cuando no tuvo alternativa política, puso en juego, e inmoló la alternativa vital de sí mismo». «Como hombre murió, como hombre valoremos su supremo sacrificio».

Un mes después, alguien escribió un artículo, otro, sobre la siniestra dictadura pinochetiana, también en «El Día», pero en sentido opuesto al anterior. En él no se atacaba ni al dictador ni «a la dictadura», sino a sus víctimas. Se hablaba de «huelgas permanentes e irresponsables», pero no se refería a la verdadera y sangrienta huelga de los económicamente poderosos y ricos propietarios de camiones de transportes, que mediante sanguinarios procedimientos desabastecieron a Chile preparando el clima para la dictadura de Pinochet. Pero el autor de este artículo, que era el actual presidente del Uruguay, doctor Sanguinetti, por un lado guardaba silencio acerca de la verdadera huelga, la de los camioneros, ricos empresarios, apartándose de la realidad, inventaba otra, que atribuía «a grupos sindicalistas, a una especie de milicia armada por un sector del socialismo». ¡¡FALSO!!

Allende había dicho que mientras él fuera Presidente, las armas estarían en manos del ejército. ¡Y vaya si se cumplió su palabra!

Ante aquel artículo, del doctor Sanguinetti, nosotros, aunque los tiempos no eran propicios, porque aquí reinaba la dictadura, hermana siamesa de la de Chile, integrantes del verdadero Movimiento Socialista fundado por Frugoni, resolvimos contestar, haciéndolo con un documentado artículo. El aludido contestó con otro que tituló «No es soplar y hacer botellas». ¿Era aquél acaso un autorreproche?, porque ante nuestra contrarréplica optó por guardar silencio.

Pero volvamos al ex embajador sueco, señor Edelstam. Invitado por nuestro país para viajar al Uruguay para recibir un merecido homenaje, agradeció la invitación, pero no pudo aceptarla; se hallaba gravemente enfermo.

Y la deuda de gratitud del Uruguay permanece impaga. Día no lejano llegará en que una calle de nuestra capital lleve el nombre del valeroso embajador.

*(Ex diputado del Frente Amplio)

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