El viejo recurso del miedo
Días pasados, el prestigioso pensador anarquista norteamericano Noam Chomsky, a través de un artículo publicado en la prensa de su país, trazaba un paralelo esclarecedor entre la utilización del miedo por parte del gobierno de Bush, para conformarse una base de apoyo en la opinión pública norteamericana, en su guerra contra Irak, y la utilización sistemática por parte de Hitler y sus secuaces en el período de su vertiginoso ascenso al poder en Alemania.
Miedo fundado o infundado; miedo sustentado en mentiras oficiales, que poco tiempo después se revelan como carentes de todo asidero. Miedo para acallar críticas, para extender los controles policiales. Miedo para acrecentar la participación de las Fuerzas Armadas en asuntos internos de la nación, a todo eso han recurrido tanto Hitler como Bush.
Una de las paradojas del mundo contemporáneo es que las calamidades que sacuden al planeta como fruto de la devastación de la naturaleza y de la ruptura de todos los equilibrios del ecosistema, esas calamidades operan también como rampas de lanzamiento de nuevas ofensivas de control totalitario sobre la población.
A tal punto el fenómeno discurre tras esta lógica que algunos analistas, examinando el comportamiento de los círculos que rodean al señor Bush y las empresas a las que están vinculados, hablan de un capitalismo de catástrofe.
Estas empresas ligadas al poder obtienen pingües negocios en faraónicos procesos de reconstrucción, en algunos casos ligados a los daños sufridos en las infraestructuras del Estado iraquí, como resultado de los bombardeos.
En otros vinculados a los desastres naturales, tal como ocurrió con los contratos para la reconstrucción de los cuantiosos daños provocados por el huracán Katrina en la ciudad de Nueva Orleans y aledaños.
La actual Administración norteamericana es una evidencia destacada de hasta qué punto se puede llegar en materia de «implicancias» cuando se detentan cargos de poder en el Estado y –a la vez– se es accionista de poderosas transnacionales, beneficiarias de contratos oficiales para la reconstrucción de lo que el propio gobierno ha destruido.
En el ejemplo de Irak, las empresas ligadas a la camarilla que rodea a Bush ya tenían asignados los contratos para la reconstrucción de puentes sobre los ríos de la Antigua Persia cuando éstos aún no habían sido bombardeados…
Dejando de lado este aspecto prebendario de las prácticas actuales del Estado norteamericano, en algunos ámbitos académicos y de la oposición «liberal» se ha hecho notar cómo todos y cada uno de los graves problemas que afectan a la humanidad terminan llevando agua para el mismo molino que favorece la acumulación de poder en la Casa Blanca y en las oficinas de seguridad, tanto federales como estaduales, que tienden a reproducir, en nombre del patriotismo y la defensa de la seguridad nacional del pueblo norteamericano, dosis crecientes de intolerancia, nacionalismo exacerbado y racismo.
El episodio del ataque terrorista a las Torres Gemelas, que actuó como desencadenante para la sanción en el Congreso de las leyes represivas, guarda una continuidad con hechos posteriores, como la reciente tragedia de Nueva Orleans.
Un elemento altamente preocupante del surgimiento e intensificación de estas políticas del miedo es su rápida irradiación hacia otros Estados occidentales, especialmente aquellos aliados a los EEUU en sus agresiones militares.
Pero no son sólo esos países los que hacen de la intimidación un recurso al que apela el gobierno para debilitar a la oposición sino que el mundo entero parece ser presa de una interminable sucesión de amenazas: ciclones, gripe aviaria, propagación de la aftosa. Todo conformando un aluvión mediático sazonado con un poco de pimienta molida de terrorismo.
Las características salientes de los principales líderes mundiales aparecen cada vez más ligadas a este «capitalismo de catástrofe» y a «esta huida hacia adelante» de la que es imposible prever su destino final. *
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