Un poco más adelante comienza país productivo
El país productivo es una entelequia que exige ser puesta en marcha a la mayor brevedad. Entre tanto, como expresión de un concepto aún no consensuado, permitirá enfoques y definiciones varias. Cada una de esas visiones reflejará el interés sectorial que la anima y, en la mayoría de los casos, expresará honestamente la convicción imperante en ellas de constituir la base fundamental, o el pilar imprescindible para ese desarrollo que se desea provocar. Y en cada caso habrá una porción de verdad, lo que hará necesario reconocer que, en su singularidad, constituyen factores necesarios pero no suficientes para la conformación y el logro de ese otro proyecto mayor, más amplio, integrador de la multiplicidad de factores que actúan y deben actuar en la construcción del país futuro.
Por consiguiente, lo que corresponde es el aviso de ¡Precaución! recomendado para el manejo de elementos que, utilizados de manera inconveniente, pueden causar consecuencias no deseadas, porque hablar de «país productivo» sin aclarar de qué se habla o a qué país se refiere, puede provocar ideas incompletas o erróneas.
Para este emprendimiento que, necesariamente, deberá ser colectivo y participativo, harán falta elementos materiales y también subjetivos, pues será necesario motivar, crear confianza y convicción en lo que se persigue. Será imprescindible generar nuevas actitudes que impulsen y acompañen al «país productivo». Sin ellas los logros, en el mejor de los casos, podrán plasmarse en gráficas ascendentes y en unidades medibles, pero la «calidad de vida» que imprescindiblemente debe acompañar la construcción de ese otro país que se sueña, estará ausente. Es que no se lograrán cambios reales en tanto se mantengan altos índices de ineficacia e ineficiencia, mientras el «más o menos» tenga aceptación benevolente, y el «átalo con un alambre», en vez de valorarse como la habilidad de quien tiene la necesaria capacidad para superar trances inesperados, se tome como el paradigma de la acción.
No puede ignorarse la necesidad de incorporar, para ese salto hacia delante que implica el «país productivo», los conceptos de calidad y de excelencia que, a través del tiempo, se han ido perdiendo. Hoy, en la mayoría de los casos la calidad se advierte como una serie de pesados e incomprensibles requisitos que hay que satisfacer sin mayor convicción y a regañadientes, y en otras como una buena excusa para sancionar con el precio a quien se atreve a buscar o reclamar calidad. Quizás un inocultable criterio «materialista», unido desde el punto de vista económico a la obtención de la calidad, ha sustituido el placer y el orgullo de hacer las cosas bien, por el de «¿cuánto me cuesta hacerlo bien?».
En este plano de actitudes a desarrollar desde la concepción misma del «país productivo», está el del «espíritu innovador», que también necesita un marco de consenso en cuanto a qué es lo que se quiere decir cuando se dice innovación y qué es lo adecuado y conveniente de la innovación para el Uruguay. Dicho de otra manera: no todo lo nuevo, por ser nuevo, es bueno y nos sirve. Debemos introducir el concepto de: adecuado, útil, necesario, para justificar la innovación que se adopte.
Hay innovaciones que surgen fuera del Uruguay y que sería tonto desconocer. Igualmente sería ingenuo adoptar sin estudio ni análisis previo. La contrapartida es desarrollar una gran capacidad para adaptar lo que ya existe y está probado.
Por eso hay que desarrollar las habilidades y destrezas necesarias, generar la mentalidad creativa para ver la posibilidad de innovación, la actitud responsable para el análisis previo y las consecuencias posteriores de toda adaptación. Un ejemplo para ilustrar esta afirmación:
«La cara escondida de la innovación» es un libro que publicó en 1980 Thierry Gaudin, funcionario del Ministerio de Industrias de Francia, en el que narra esta historia: «La introducción del cuchillo con hoja de acero obtenido a cambio de algunas pieles de foca, provocó en la comunidad esquimal la pérdida de la antigua técnica que utilizaba un instrumento de corte confeccionado con el hueso de dicho animal. Los jóvenes adoptaron la nueva herramienta y se adaptaron a sus características. Quienes intentaron conservar la técnica tradicional se desacreditaron pues, entre otras cosas, los resultados demostraban la superioridad productiva del nuevo elemento. Los jóvenes perdieron la confianza y el respeto hacia sus mayores. Se desestructuró la relación social y en una sola generación esa técnica y ese arte, antiquísimos, se perdieron. Lo cierto es que la productividad aumentó, pero toda la producción pasó a depender de un circuito de aprovisionamiento externo cuyos términos de intercambio le eran desconocidos y, por consiguiente, incontrolables. La comunidad perdió su autonomía de producción, se destruyó su equilibrio social y económico interno».
Cuando se deben tomar decisiones es bueno tener algunas balizas que indiquen las zonas de peligro e ir pensando que se debe tender hacia una sociedad en la que la ciencia y la técnica formen parte de la cultura popular. *
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