Sanguinetti contra Gelman

Tiempo de vergüenza

El doctor Julio María Sanguinetti, al término de su segundo mandato presidencial, vive en el siempre riesgoso cruce de dos excesos: demasiado poder durante demasiado tiempo.

Para peor, rodeado, durante demasiado tiempo, de un elenco compuesto predominantemente por alcahuetes y mediocres.

Quizá este dato sea fundamental para entender los extremos de obstinación y vesanía con que el Presidente se ha situado ante los reclamos del escritor argentino Juan Gelman.

Ahora, ante la impresionante afluencia de reclamos que, desde dentro y sobre todo desde fuera del país, se realizan pidiendo al jefe de Estado su participación en la búsqueda de la verdad sobre el niño desaparecido, Sanguinetti no sólo ha repetido algunos conceptos infelices ya enunciados anteriormente, sino que ha incorporado nuevas perlas al lamentable collar de despropósitos con que se ha situado ante la razonable y a la vez dramática solicitud de los intelectuales y escritores solidarios con el escritor argentino.

El pasado lunes, Sanguinetti volvió a referirse al tema en una entrevista realizada en Radio Sarandí.

En la misma Sanguinetti realiza cinco afirmaciones que no se corresponden con la verdad, y que, según veremos, son afirmaciones que se contradicen unas a otras.

En primer lugar Sanguinetti sostiene que en Uruguay no hubo ningún niño desaparecido.

Segundo, sostiene que (durante la dictadura) no era normal que una ciudadana argentina fuera traída a Uruguay.

Tercero, para fundar su negativa, el Presidente recurre al «testimonio» de veintitantos uruguayos que fueron traídos (desde el centro de detención y tortura de Automotores Orletti) en esa ocasión y que ninguno vio esa situación (una presa argentina embarazada siendo trasladada a Uruguay)

Cuarto, el Presidente sostiene que el abuelo de la niña o niño actúa de mala fe al persistir en sus planteos (iniciados hace más de veinte años) en medio de la campaña electoral.

Quinto –y esta afirmación reviste una gravedad extrema–, el pedido de Juan Gelman, las cartas solidarias que respaldan su pedido, lejos de ayudar perjudican las posibilidades de averiguar la verdad.

Veamos, uno a uno, los cinco pilares en que se sostiene la impresentable postura del doctor Sanguinetti.

En primer lugar, es falso que en Uruguay no haya habido casos de niños desaparecidos. En primer lugar está el caso de Paula Logares, a quien luego, la lucha de los familiares y organismos de derechos humanos permitió reencontrar y devolver a su familia verdadera.

Existe, además, y esto Sanguinetti lo conoce hasta en sus más mínimos detalles, la situación de Simón Antonio Riquelo, el hijo de Sara Méndez, quien está, hasta hoy, en una singular situación de desaparecido.

Como se sabe, Sara Méndez a quien su hijo le fue arrebatado por oficiales uruguayos en junio de 1976, forma parte del contingente de ciudadanos uruguayos trasladados desde Orletti, ciudadanos a los que ahora Sanguinetti esgrime como testigos de la no presencia de los familiares de Gelman.

¿Por qué no como testigos de la desaparición de Simón?

La acusación de «mala fe» al familiar de una víctima del terrorismo de Estado, al abuelo que busca a su nieto y a su nuera y sabe del asesinato de su hijo, es propia de un espíritu ya corroído por los implacables ácidos de la politiquería.

Sólo el que no ve más allá de las narices de un aparato político-electoral puede afirmar que las motivaciones que animan las dolorosas gestiones de quien busca a un familiar desaparecido hay que buscarlas en los estrechos marcos del interés electoral.

Quien piensa y siente así ha perdido los marcos de referencia de las personas decentes.

Piensa y actúa como parte del engranaje estatal de reproducción del poder y de la impunidad.

Nada, ninguna conducta ni ningún sentimiento que no se inscriba en esta monstruosa y perimida lógica de «de Estado» (propia de los peores subproductos de la guerra fría) puede ser entendido por este centurión togado de la impunidad, este aliado (y rehén) de los autores de la Operación Cóndor.

Finalmente, la afirmación presidencial de que al realizar una campaña pública Juan Gelman está perjudicando las posibilidades de averiguar algo, revela la persistencia de una situación «de facto», donde los hombres y las instituciones no están regidos por las normas sino por la «sensibilidad», el buen o mal talante de los secuestradores.

Con ellos hay que actuar con «habilidad», no fastidiarlos con demandas públicas. Ellos son intocables.

O en todo caso sólo se los puede abordar con el guante de terciopelo que pretende saber usar el centurión letrado que ocupa la Presidencia.

Se trata de una afirmación tan penosa, un reconocimiento tan lamentable, que su vergüenza nos alcanza a todos.

Paradójicamente: tanto poder, tanto tiempo, ¿para qué?

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