Confieso que tengo miedo de la Justicia de mi país
Soy uruguayo y me siento indefenso. Tengo 56 años, esposa y cuatro hijos. De joven luché sin armas contra quienes desconocían las libertades que consagraba la Constitución y las leyes y no me fue bien. Un día amanecí y había ocurrido un golpe de Estado, era algo terrible según me habían enseñado maestras y profesores; sólo había pasado en el país en 1933. No se equivocaron: lo que pasó a partir de ese 27 de junio no se comparó a nada de lo que había visto o escuchado, salvo a los peores relatos de la Europa dominada por los nazis. Todos los uruguayos éramos culpables o sospechosos de serlo salvo que probáramos lo contrario. Yo tenía entonces 25 años y casi me matan por oponerme a los dueños de la verdad, mi hermano tuvo que escapar del país, a mi madre la tuvieron presa y sometida a vejámenes durante 24 horas para que dijera dónde estaba mi hermano, mi hijo nació tres días después de estar yo preso en una tenebrosa casa ubicada en Maldonado y Paraguay, que todavía revista como oficina del Estado, y recién pude abrazarlo libremente tres años y 8 días después. Recobré la «libertad» pero tuve que presentarme en esa oficina todos los viernes durante seis años; no conseguía trabajo y era un sospechoso con marca en el orillo.
Así viví, obstinadamente sin moverme de mi Montevideo a pesar de generosos ofrecimientos de amigos del exterior. Llegaría la democracia y todo cambiaría. Apretamos los dientes y empujamos, como y con lo que podíamos para que ese momento arribara.
Han pasado dos decenios y vuelvo a experimentar aquel miedo de lo que me pueda pasar. Hoy no es la timorata Justicia Militar, es la pusilánime Justicia Civil. Pero el miedo se parece.
Aprendí mucho en estos 20 años. Tengo acumuladas en una sola persona varias desgracias que pueden ofender a algún fiscal o juez. Describiré sólo algunas porque la lista podría cansar al lector o transportarlo a ese estado de indefensión que hoy me atormenta. No integro ninguna logia militar (obvio), tampoco civil ni hermandad alguna, no soy masón ni miembro del Opus Dei, no integré los cuerpos represivos de la dictadura y mucho menos detuve ilegalmente, secuestré, maté o hice desaparecer.
Pero tengo más desgracias. Tampoco soy parte de una organización mafiosa de lavado de dinero, ni del Cártel de Medellín, cuyos integrantes gozan de bienes en nuestro país, ni del Cártel de Juárez, que hizo jugosos negocios inmobiliarios en varios puntos del territorio, no formo parte de estudios jurídicos o contables que constituyen sociedades vinculadas con el lavado de dinero sucio, de la droga, del tráfico de armas, de la evasión a gran escala, no manejé información calificada cuando la crisis de 2002 y no saqué la plata del país (tampoco la tenía, por cierto).
Todo ello acentúa mi temor. Ellos son intocados, respetados, referentes de la sociedad, de los medios; en cambio gente como uno puede cometer errores que nos lleven a la cárcel. Y, en mi caso, ¡si los habré cometido! Tuve, por ejemplo, la osadía de editar una revista y me fue mal porque me metí con gente muy poderosa contando cosas indebidas y el cerco del establishment fue terrible hasta que me fundí.
No entiendo mucho de derecho, será por eso que tampoco entiendo por qué los socios locales de la venta menemista ilegal de armas a Croacia y Ecuador están libres, o los uruguayos que hicieron posible el cobro de coimas en el affaire IBM-Banco de la Nación no les pase nada, que las seis sociedades del narcotráfico montadas por un escribano uruguayo no preocupen a las autoridades pero sí fondearon la investigación de la compra que hizo el Cártel de Juárez en Uruguay a través de ese escribano. Y ¡guay! si a algún funcionario policial o judicial se le ocurre desempolvar ese expediente.
En verdad, como no me llamo Bordaberry, Gavazzo o Cordero, no hice negocios con la forestación ni con el cangrejo rojo, no cobré «comisión» en la venta del Banco Pan de Azúcar; imaginen la inseguridad que experimento.
Claro, tengo 30 años más de los que tenía cuando con terquedad quise quedarme en este país, mi país, y tampoco ahora voy a escapar pese al miedo que me inspiran fiscales, jueces, en todas las instancias imaginables, los académicos y expertos en derecho penal.
Claro que hablar sólo de miedo es parcializar mis sentimientos. Debo confesar que además siento vergüenza ajena, me cuesta decir que soy uruguayo si ando por ahí en el mundo, siento asco del doble y triple discurso de ese ¿tercer poder del Estado?, antes obediente y disciplinado, hoy también obediente y disciplinado.
«Eppure si muove», dijo Galileo. Y, vaya paradoja del destino, cuando fiscales, jueces, académicos, expertos y prohombres de nuestra sociedad, se disponían a descorchar las bien conservadas botellas de champagnes o los exclusivos etiquetas azul, llegan estos inoportunos jueces argentinos a reclamar que todo se vuelva a mover. Osada y atrevidamente exigen «inmediata detención y extradición».
A suspender la fiesta y a trabajar nuevamente para elaborar una nueva estrategia que ponga a salvo a ese núcleo de distinguidos ciudadanos de las insólitas y fuera de lugar pretensiones punitivas de los que sólo tienen ojos en la nuca.
Por todo lo anterior y mucho más que no paso revista me detengo por acá, no quisiera amargar el domingo al lector ni abusar de mis compañeros que bastante espacio ya les quité. *
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