La infantilización de la delincuencia

La noticia pasó quizás inadvertida. El miércoles de mañana, en 8 de Octubre y Larravide, una enfermera fue víctima de una rapiña como consecuencia de la cual es probable que pierda un ojo. Fue atacada por tres chiquilines que pretendieron arrebatarle la cartera; al resistirse, uno de ellos le dio una puñalada en el rostro. Los chicos huyeron hacia una zona marginal donde posteriormente la Policía los ubicó y detuvo. El autor de la agresión resulto ser un chico de 14 años, quien muy presumiblemente ingresará a una dependencia del INAU.

Naturalmente que la primera reacción frente a una noticia como esta es de congoja e indignación por la suerte corrida por la víctima. Y parece inevitable aludir a la falta de seguridad que la población percibe, sensación que se incrementa con hechos como el de marras. Es la triste y dolorosa realidad que deben vivir miles de uruguayos, para quienes la inseguridad urbana se suma a sus preocupaciones cotidianas centradas –para los que tienen la suerte de tener un trabajo– en cómo llegar a fin de mes.

Desde luego que todos esperamos que las autoridades tomen medidas para brindar seguridad a la población; es perfectamente legítimo aspirar a una vida sin sobresaltos y sin el riesgo de sufrir rapiñas o arrebatos. Sin embargo, en el episodio a que me refiero, no podemos descuidar la otra arista del asunto: la infantilización de la delincuencia, patéticamente puesta en evidencia cuando nos enteramos de la edad del heridor. Y ese problema no es posible abordarlo –ni menos resolverlo– con medidas exclusivamente represivas y punitivas. Me apresuro a destacar este hecho ya que la respuesta inmediata –irreflexiva– del ciudadano común apunta a exigir una acción más rigurosa de la Policía y una actitud menos indulgente de parte de la Justicia: más vigilancia (que no está mal), mayores controles (que tampoco están mal), menos miramientos para con los jóvenes marginales (lo que ya entra en terreno peligroso), y la exigencia de castigos ejemplarizantes para los jóvenes infractores (algo que cae directamente en una ideología autoritaria y deshumanizada).

Y es a ese sentimiento –jodido y peligroso– que adhieren los dirigentes políticos conservadores. A los jóvenes infractores hay que marginarlos, mantenerlos aislados de la «sociedad sana».

Tal vez para estos librepensadores posmodernos la mejor solución sería de carácter profiláctico: aplicar el rifle sanitario, igual que como se procede con el ganado infectado de aftosa… *

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