Las trampas del déficit primario
El equipo económico encabezado por el contador Davrieux garantiza el continuismo de Végh Villegas. Con el paréntesis lacallista, el equipo cambió algunas caras de la masonería por otras del Opus Dei, pero las directivas siguieron siendo las mismas. Podemos inferir que tanto la crisis de 1982, como la de 2002, fueron parte inevitable de un tratamiento impuesto al país. La actividad exportadora en el rubro alimentación hambrea a la población local al ponerla en competencia creciente con el sector exportador. Por otra parte, la sobrevaluación del peso, sumado al abatimiento de los aranceles de importaciones, desmanteló la industria interna, aumentó la desocupación y, como consecuencia de ello, una permanente decadencia de los salarios internos.
La reforma impositiva realizada por Végh Villegas en el año 1974 cargó el peso del Estado sobre las clases populares con los impuestos al consumo y a los salarios, el 85% del presupuesto del Estado se financia con impuestos que cargan directamente –IVA, IRIC– o indirectamente con los impuestos a los combustibles. Por otra parte, dentro de este esquema exportador, se reducen los aportes patronales a la seguridad social, se fomentan las exoneraciones impositivas fomentando el establecimiento industrial dentro de las zonas francas o dándole estatutos de tales a empresas como las plantas de celulosa. Poco falta para que los industriales de la carne pidan establecerse también en zonas francas, para que toda la máquina exportadora quede virtualmente fuera del país desde el punto de vista tributario. Por otra parte el sector exportador cada vez requiere menos participación humana, convirtiéndose en grandes importadores de equipos y tecnologías, generando trabajo no en el país sino en los países proveedores de esos equipos y tecnologías.
El candado del corral es el Banco Central: fijando una paridad monetaria que fomente las importaciones con dos objetivos: 1- Para abaratar los insumos de la máquina exportadora. 2- Mantener un fuerte flujo importador que inhiba el desarrollo de la industria local, que puede competir por la mano de obra local, haciendo subir los salarios, o por los excedentes cárnicos destinados a la exportación, haciendo subir las haciendas, afectando la rentabilidad de la industria frigorífica.
El senador Couriel me aclaró el papel que en esta política juega el famoso «déficit primario», como una especie de seguro del sistema de acorralamiento de la política económica del país. De acuerdo con esta exigencia, los alivios que el Estado pueda tener por concepto de préstamos destinados a cubrir vencimientos, no pueden destinarse al desarrollo interno, ni al crédito, ni a la obra pública. Es decir, nos prestan para cubrir un vencimiento, pero si entra dinero extra, sea por mejores precios, mayor volumen en nuestras exportaciones y mejor recaudación impositiva, no se puede tener en cuenta a los efectos de la inversión interna, pues el llamado superávit primario no debe tener en cuenta los vencimientos pagados con nuevo endeudamiento o refinanciados. Por lo que el ahorcamiento del país queda garantizado por encima de las buenas rachas exportadoras.
A todo esto cabe preguntarse: ¿cuál es la ventaja de hacer buena letra, preocuparse por el pago de la deuda externa? ¿Cuál era el riesgo de no pagar, de caer en el temido «default»? ¿Podríamos estar peor?
Sempiternos cipayos, viejos lacayos del imperio, salen ahora acusando a este gobierno de «ser más de lo mismo»; está bien que lo digan aquellos que durante treinta años, con o sin aval democrático, han sangrado al país, fomentando la parálisis económica, la miseria e instalando la emigración como única opción de futuro.
Pero el pueblo realmente no apostó a un simple cambio de nomenclatura política, y si ello fuera así, podría explicar el celo con que colorados y blancos han cuidado de la suerte de sus centuriones.
Para ellos esto es solo una tregua… para nosotros debe ser la paz que permita sacar a la nación de la fase terminal en que se encuentra. *
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