El colonialismo cultural
En su última columna sobre temas de lenguaje, nuestro compañero Juan Mendieta advertía del deterioro que va sufriendo la lengua como consecuencia de las omisiones y del desprecio que por ella parecen sentir los comunicadores en general y los dirigentes políticos (no todos, por suerte) en particular.
Citando al escritor y periodista Alex Grijelmo –autor del Libro de Estilo de El País de Madrid y de «Defensa apasionada del idioma español»–, se mencionaba como causa del deterioro del idioma la «desidia de muchos de sus hablantes y, principalmente, de quienes lo utilizan para dirigirse a millones de personas a través de los medios de comunicación». Y continuaba Mendieta: «De este hecho son responsables no solamente los modelos impuestos por la televisión –ya sea locutores, presentadores, animadores, periodistas, productos enlatados de dudoso buen gusto, seriales y telenovelas– sino también –lo que es más preocupante– otras figuras públicas tales como los dirigentes políticos, quienes, merced a su prestigio, son tomados como modelos al igual que los conductores de programas de entretenimientos».
Este hecho innegable se inscribe en un contexto cultural característico del turbulento fin de siglo y de milenio. El fin de la guerra fría y del mundo polarizado no trajo, como era de esperarse, una era de paz y de progreso. Antes bien, la globalización neoliberal –libre ya del contrapeso que significaba el bloque socialista– profundizó aun más los males que el capitalismo trae consigo. No estamos hablando de las injusticias sociales ni de las guerras sino del entronizamiento definitivo de la banalización de la cultura.
Los fenómenos culturales pasan a regirse –cual si se tratara de una mercadería más– por las leyes del mercado y por lo que los ideólogos del capitalismo consideran el gran y único motor del desarrollo y el crecimiento: el afán de lucro.
Ese motor poderoso es el responsable de los contenidos frívolos, ramplones, inconsistentes y muchas veces inmorales de los programas que ofrece –con raras excepciones– la televisión privada. La globalización ha permitido que los gustos, las modas, los comportamientos, hasta las ideas, nos sean impuestas –más o menos sutilmente– desde los centros del poder mundial, más concretamente, desde la metrópolis imperial: EEUU.
Desde los hábitos gastronómicos hasta los ideales de belleza, prácticamente todas las pautas culturales provienen del norte rico; es así que se nos imponen las hamburguesas, los cuerpos delgados, los libros calificados como best sellers antes de ser lanzados al mercado, el individualismo, la carrera al éxito y a la fama, etcétera.
El escritor chaqueño Mempo Giardinelli (excelente narrador y lúcido analista), refiriéndose a la realidad argentina y concretamente a la ilusión de las jovencitas de llegar a ser modelos, expone valiosos conceptos que pueden aplicarse perfectamente en nuestro país. «Lamentablemente, la frivolidad, la tilinguería, vienen haciendo estragos. Se ve en la escuela, en la calle, en la calidad de vida, en fin, y me parece indudable que tiene que ver con los sueños que atesoran tantas jovencitas argentinas. ¿Cómo sustituir esa fantasía, avalada por casos tan promocionados y por la televisión y las revistas? (…) Pero el problema es que la frivolidad todo lo inficiona, todo lo infecta, y resulta entonces que la desmesura del sueño acaba provocando la estupidización de miles de muchachitas que mejor harían en estudiar y desarrollar otras células, por ejemplo las de la cabeza».
Y esa frivolidad que todo lo infecta es la que se ha entronizado y reina sin temor a ser depuesta en la televisión. Desde su púlpito, presentadores, conductores, pseudoperiodistas, pontifican sobre todas las cosas sin credenciales para hacerlo. Y lo triste es que se han ganado un prestigio inmerecido y son tomados como modelos por el gran público incauto. *
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